Parasite

Tanto Kim Ki-Taek (Song Kang Ho) como su familia están sin trabajo. Cuando su hijo mayor, Kim Ki-woo (Choi Woo Shik), empieza a dar clases particulares en casa de Park Dong-ik (Lee Sun-kyun), las dos familias, que tienen mucho en común pese a pertenecer a dos mundos totalmente distintos, comienzan una interrelación de resultados imprevisibles.

Transitando por la comedia, el drama y el thriller, Parasite es un brutal relato que nos habla de una Corea del Sur dividida entre dos clases sociales que difícilmente podrán encontrar un punto de reconciliación. Dirigida por Bong Joon-ho (Mother, The host) y ganadora de la Palma de Oro de la última versión del Festival de Cannes, el largometraje cautiva e incomoda en partes iguales por una trama con grandes giros de guión donde la metáfora y el discurso están al servicio de retratar no solo una realidad social, sino también plantearse la interrogante de una crisis moral y política donde es difícil diferenciar quién es el verdadero parásito que separa y destruye al otro.

Ki-woo y Ki-jung son retratados al inicio del film como dos jóvenes en una búsqueda desesperada alrededor de su casa por una señal de wifi abierta que les permita conectarse a internet. Son dos jóvenes que viven con sus padres en una pequeña casa/sótano de un barrio donde transitan ebrios y donde las paredes son usadas como baño público. Sin tener un trabajo estable ningún miembro de la familia, logran subsistir a duras penas gracias a trabajos informales, astucia y ojo para las cosas gratuitas. Sin embargo, la rutina de Ki-woo cambiará cuando su mejor amigo le pida que lo reemplace dando clases de inglés a la hija de una adinerada familia. De esta forma, el joven no solo se hará pasar por el estudiante universitario Kevin (quizás el que siempre deseó ser si tuviera la oportunidad), sino que también comenzará a infiltrar lentamente a su familia dentro de la casa de los Park, convirtiendo a su hermana Ki-jung en Jessica, una gran y solicitada profesora de artes plásticas.

Parasite es un sobresaliente juego de roles lleno de ironía y desolación, que deja de manifiesto la inexistente movilidad social que existe en cualquier contexto donde lo importante es cuánto dinero tienes y dónde estudiaste. Ki-jung tiene grandes talentos artísticos, el cual lo usa constantemente para falsificar certificados universitarios o interpretar magistralmente personajes inventados y mentiras elaboradas por teléfono. No tiene mayores oportunidades fuera de eso, quizás arrastrando el mismo destino que su madre, una deportista de alto rendimiento que, a pesar de haber ganado medallas, nunca pudo sobresalir lo suficiente para poder vivir de ello (quizás por la falta de recursos para profesionalizarse). Por otro lado, el padre prefiere la comodidad de la cesantía que el trabajo duro. Es allí donde Ki-woo busca sobrevivir, aferrándose a una piedra que su amigo le regala como si esta pudiera salvarlo de un desenlace que parece ya escrito incluso antes de que él naciera.

Los Park gozan de dinero, de una enorme casa construida por un reconocido arquitecto y por una luz natural que entra a raudales por el gran ventanal del living. Sin embargo, la madre está atrapada en la monotonía de una rutina que la deja durmiendo en diferentes lugares de la casa. Sus dos hijos, una adolescente que cree haber encontrado el amor y un niño obsesionado con acampar y con el western norteamericano, parecen destinados a un éxito heredado por el cual no tendrán que esforzarse demasiado. Y es ahí donde está el discurso del film, ese que hace chocar dos mundos opuestos a través del retrato de dos familias que podrían ser muy similares si el contexto fuera diferente: ambos cargan con un desenlace social ya predeterminado por la incapacidad de unos de poder subir y de la desesperada adhesión de los otros por quedarse en la cumbre.

Con excelentes actuaciones, afilados diálogos (ojo con las menciones al terror constante de un ataque de Corea del Norte o de la obsesión de los Park por creer que todo lo que viene de Estados Unidos es bueno y de calidad) y una puesta en escena sólida de grandes encuadres y un exquisito trabajo de sonido, Parasite es un laberinto de apariencias del cual es imposible escapar indemne. Como la roca de Ki-woo (proveniente del pasatiempo del abuelo de su mejor amigo, joven que ha logrado conseguir nuevas oportunidades al estudiar en el extranjero), la familia de Kim Ki-Taek se hunde bajo el peso aplastante de una realidad donde ellos no están incluidos en las segundas oportunidades. Marcados (ya sea por el olor que siente tanto el patriarca de la familia Park como su hijo menor, el olor de la pobreza) y olvidados por un sistema que prefiere alimentarse de su desesperanza, la piedra de Ki-woo es una maldición que flotará en inundaciones repentinas y de la cual solo podrá deshacerse en maravillosas utopías inalcanzables para el joven aunque se esfuerce toda la vida.

Como indios listos para ser cazados por el vaquero de turno, el territorio de ambas familias está en una constante disputa por la supervivencia. A expensas del otro, los patriarcas se enfrentan a una lucha de clases donde nunca existirá un ganador claro. O quizás sí, porque oprimir siempre será más fácil que doblarle la mano al esclavista. La vida siempre es más bella cuando uno puede apreciar desde la comodidad del hogar la tormenta que dejará sin hogar a probablemente miles de personas, y así apreciar al amanecer un cielo más limpio y un aire más respirable. En este crudo relato de Bong Joon-ho solo entre parásitos se entienden. Y aniquilan.

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