Shazam!

Todos llevamos un superhéroe en nuestro interior, solo hace falta un poco de magia para hacerlo salir. Es esto lo que le ocurre a Billy Batson (Asher Angel), un joven huérfano de 14 años, normal y corriente, al que le cambia la vida un encuentro con un viejo hechicero. Y es que, a partir de ahora, cada vez que Billy grita la palabra ‘Shazam!’ se convierte en el superhéroe adulto Shazam (Zachary Levi). Aunque con un niño en su interior, el poderoso cuerpo de Shazam hace lo que cualquier adolescente con superpoderes haría: ¡pasárselo bien! Shazam pondrá al límite sus habilidades con la imprudencia de un niño. Claro que Billy va a necesitar controlar rápidamente estos poderes para poder hacerle frente a las fuerzas del mal controladas por el Doctor Thaddeus Sivana (Mark Strong) y defender a la familia que tanto estaba buscando.

Siguiendo el camino dejado por Aquaman en relación a un tono más ligero y ligado a la comedia que el resto del universo cinematográfico de DC, los aciertos de Shazam! se relacionan directamente con su conocimiento del público objetivo: si el género de superhéroes apunta en la actualidad a un espectador más adulto (por ello exigiéndose más en la construcción de guión y su subtexto), lo dirigido por David F. Sandberg (Nunca apagues la luz) vuelve a poner el ojo en los preadolescentes y sus dilemas actuales, que van desde el poder de las redes sociales en su construcción de mundo hasta la fortaleza y verdad de los lazos con que se establece verdaderamente una familia. Con bastante humor físico y un villano que apela directamente a los padres, Shazam! se disfruta de principio a fin con alma de niño.

La película inicia con la historia de un niño que anhela ser un héroe, que busca desesperadamente la aprobación de un padre que siempre lo mira de reojo. Sin embargo, ser puro de corazón puede ser más difícil de lo que se imagina, más aún si el que juzga las acciones es otro adulto que también observa por sobre el hombro. Y desde ese discurso arranca Shazam!, estableciendo inmediatamente la relación asimétrica que existe entre el sometido y la autoridad. Billy Batson es anulado como individuo al ser forzado a adoptar el nombre de Shazam, siempre con la promesa de un decrépito anciano de que su nueva identidad lo llevará a ser la mejor versión de sí mismo. ¿Qué tal si Billy ya es una mejor versión de sí mismo en el presente, sin los músculos y la altura? El proceso de crecimiento se basa en el aprendizaje de caídas y en el autoconocimiento a través de los modelos a seguir y los pares. Shazam, detrás de su ajustado traje y su inmunidad a las balas, comienza a ser una deconstrucción del propio Billy, quien aprende a amar y ser amado más en las pruebas de defensa de la vida diaria que en la comprobación de los poderes del adulto impuesto.

La búsqueda mágica de un puro de corazón pareciera asumir que la maldad también es inherente en los niños, pensamiento bastante cómodo si se adopta desde una silla de piedra en una abandonada caverna. Es como si el adulto se eximiera de la responsabilidad que tiene sobre el niño como guía emocional. De esta manera, el largometraje quizás a primera vista parezca liviano al no tener la oscuridad torturada de Batman o los complejos de alienación de Superman, sin embargo existe una fuerza esperanzadora en su discurso y en sus ganas de indagar en el laberinto de emociones que componen a un niño durante su crecimiento.

En un almuerzo en el colegio, Freddy le hace elegir a Billy entre el poder de ser invisible o volar en el caso hipotético de volverse superhéroe. Y es entre esas dos habilidades que se marca la línea social de un adolescente de 14 años. Y cuando se vuelve Shazam, Billy no puede dominar el arte de volar, quizás porque el peso del mejor adulto que puede ser oprime no solo su imaginación, sino también sus ansias de libertad. Shazam quizás no sea el superhéroe que salve a la Humanidad de la extinción de un ataque extraterrestre (Billy corre y se esconde ante la perspectiva terrorífica de ser el “campeón” de alguien), pero no necesita hacerlo: si le dejamos esa parte a los adultos, la misión de Shazam! se puede dar por cumplida si le recuerda a un preadolescente que la construcción de identidad no es solo un viaje de ida asfixiante y predeterminado. Porque no hay niño que no sueñe con ser superhéroe y porque todos los adolescentes deben tener la oportunidad de volar.

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