Madame

Buscando animar su alicaído matrimonio, Anne (Toni Collette) y Bob (Harvey Keitel) se van a vivir a París, la ciudad del amor. Para inaugurar la nueva residencia, deciden hacer una cena para doce personas de la alta sociedad. Pero, antes de que los invitados lleguen, Anne descubre que hay trece puestos en la mesa. Aterrorizada por el número de la mala suerte, le pide a su empleada, María (Rossy de Palma), que se haga pasar por una aristócrata española para que sean catorce invitados. En la cena, María se sienta junto a un refinado agente inglés del arte y, luego de unas copas de más, ambos se sienten atraídos, iniciando un affaire que su patrona intentará detener a toda costa.

Dirigida y escrita por Amanda Sthers (Je vais te manquer), Madame es un largometraje que utiliza la anécdota de La Cenicienta para contar la historia de una trabajadora que, por capricho de su empleadora, debe disfrazarse entre lujos y descubrir a punta de tropiezos que la vida de la clase alta se basa en un juego de apariencias donde cualquiera puede sentarse a la mesa, pero pocos permanecen en ella cuando termina la comida. Entre caretas y supersticiones, la clase adinerada que retrata la directora es brutal, despiadada y oculta entre sonrisas corteses lo que no desean admitir: el banquete es desigual y mucho temor hay en permitir la libertad de la movilidad social. María puede usar vestidos y joyas de la dueña de casa, pero para Anne hay solo una verdad: la empleada debe permanecer en las sombras y no mezclarse dentro de un selecto círculo social de ocio, traiciones e infidelidades.

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Madame es un film que se construye en la base de la venta de un cuadro de Caravaggio que retrata la última cena de Jesús con sus apóstoles. De ser auténtico, Bob podría salvarse de la quiebra para seguir manteniendo la ilusión de riqueza de Anne y las clases de francés con una joven profesora de la que parece sentirse atraído. Sin embargo, en la cena hay 13 inesperados comensales: el hijo de Bob llega de improviso, colaborando con la idea de colocar a María en la mesa como una misteriosa extranjera, quizás buscando nuevo material para su trabajo literario. De esta forma, María acaba con la mala suerte que Anne asocia al 13 y la última cena bíblica. Sin embargo, nadie cuenta con que la personalidad de María termine por embrujar a uno de los comensales, hasta el punto de tener que mantener la farsa para no arruinar la millonaria venta del cuadro.

Para María, a la gente le gustan las comedias románticas ya que el amor siempre gana y porque todos anhelan los finales felices. Por primera vez en mucho tiempo María se siente amada, atrapada en una aventura donde lo que vale ella como mujer es mucho más importante que su saldo en alguna cuenta bancaria. Como si se tratara de un cuento de hadas, María viaja en un descapotable junto a su enamorado, mientras ella agita con su mano el pañuelo al viento. Sin embargo, la libertad anhelada va mucho más allá que una soleada cita al campo: María comprende entre caídas que el título de Madame de la casa no está en rotación y que en la vida no existen hadas madrinas ni besos mágicos bajo la lluvia.

MADAME

Sencilla en su premisa, Madame es un largometraje que se sostiene gracias al talento de sus dos protagonistas, una siempre sólida y caprichosa Toni Collette y una maravillosa y compleja Rossy de Palma. Sin grandes giros de guión, la película busca contar una verdad social siempre incómoda de hablar. Utilizando todos los clichés propios del género, Amanda Sthers se coloca en los zapatos de dos mujeres completamente opuestas, conocidas y rivales en un juego de roles donde la cena es la excusa perfecta para colocar en la balanza discursos y afectos. Ligera y de rápido visionado, la película se construye entre libertades y verdades a medias.

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Sin mucho riesgo, Madame plantea su punto de vista, deja respirar a sus personajes dentro del relato y luego los suelta en un final que vuelve a su premisa inicial de cinismo y apariencia. Clara y precisa, en cerca de hora y media el largometraje transita por los sueños de ascenso de María y los terrores de descenso de Anne. Opuestas pero reflejos cuando se trata de deseos, aspiraciones y sus roles como madres, María y Anne se miran, reconocen y se alejan con la misma rapidez con que llega el postre y el fin del banquete. En una competencia constante de satisfacción y felicidad, ambas buscan la transformación que las acerque al final feliz prometido. Quizás no terminará con un beso bajo la lluvia después de las 12, pero sí que habrá resistencia y rebeldía. Y ese es el mejor descapotable.

buena

 

 

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