Llámame por tu nombre

En algún lugar de Italia, un adolescente vive el verano y sus vacaciones. Acostumbrado a que su padre, un reconocido académico, lleve a casa todos los años a un estudiante extranjero, Elio (Timothée Chalamet) vive un viaje de transformación y descubrimiento al dejar definitivamente la niñez atrás. Buscando el camino para comprender su sexualidad, Elio se siente atraído por Oliver (Armie Hammer) y los secretos de una relación a primera vista prohibida y con cuenta regresiva. Llámame por tu nombre es un largometraje sensual, técnicamente sobresaliente, que sumerge al espectador en una historia de amor y deseo tan apasionada como solo un adolescente puede vivir un primer amor. El director Luca Guadagnino (A Bigger Splash, Yo soy el amor) retrata la profunda historia de amor que surge entre aprendiz y maestro, con lecciones que no solo se limitan a lo carnal e intelectual, sino que también a los vaivenes de lo emocional.

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En el aspecto técnico, Llámame por tu nombre cuenta con un lenguaje cinematográfico pulcro, con bellos encuadres y movimientos de cámara que le otorgan dinamismo y emotividad al montaje. Certera en su fotografía natural, que se asemeja a la tonalidad de una instantánea antigua de vacaciones, el largometraje plasma en pantalla la calidez del verano y las transiciones hacia el invierno. Elio se ve sumergido en una búsqueda de placer donde los días soleados son protagonistas. Oliver viaja a Italia para satisfacer su hambre intelectual, pero es de Elio de quien termina aprendiendo más entre los rincones del patio, el pueblo y las salidas en bicicleta. Ambos se obsesionan con el otro, transformándose a momentos en un solo individuo en comunión con lo primitivo y esencial.

El primer amor golpea a Elio con la fuerza de un huracán. Desear y sentirse deseado es una experiencia nueva que invita a la experimentación para el autoconocimiento. Oliver, por su parte, vuelve a sentir el desenfreno de la juventud. Llámame por tu nombre y yo te llamaré por el mío, se sentencian suavemente al oído como un embrujo que logre detener el tiempo en el momento del amor en su plenitud. Con una de las frases más románticas que el cine ha dado en el último tiempo, Elio y Oliver comprenden no solo la profundidad de sus sentimientos por el otro, sino que también la finitud de estos. Entre risas, borracheras y llanto, Oliver moldea con el amor de un escultor a un Elio que se forma y madura bajo el sol, como el dulce albaricoque del jardín.

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Elio se fascina con la composición de una obra musical. Puede que sea por la precisión de sus pequeñas notas y por la capacidad de alteración que poseen. Una misma pieza cambia bajo el músico que la toca, la posee y la hace propia. La música vive en constante transformación, por donde fluyen emociones que quizás las palabras no puedan expresar. Como en una tarde de lluvia, donde Elio escucha a su madre leerle la traducción de un libro en alemán, en una habitación donde la luz se ha cortado y los rincones son iluminados por velas: “Farris es un hombre que ama a una princesa y ella también lo ama. Aunque parece que ella no se da cuenta del todo. Aparte de la amistad, algo florece entre ellos, o tal vez por esa misma amistad el joven se encuentra sin palabras, por lo que es incapaz de tocar el tema de su amor. Hasta que un día le preguntó a la princesa: ¿Es mejor hablar o morir?”. De esta misma forma, Elio toma su decisión. Filmada en un impecable y narrativo plano secuencia, Oliver escucha la declaración de Elio a través de palabras indirectas en una plaza del pueblo, mientras rodean un monumento de la Primera Guerra Mundial. “¿Hay algo que no sepas?”, le increpa Oliver a Elio. Su respuesta es su confesión de amor: “No sé nada, Oliver. Si supieras lo poco que sé sobre cosas que importan”. Entre hablar o morir, Elio prefiere arriesgar todo en lo primero, en una de las escenas románticas más bellas y desoladoras del último tiempo, colocando al amor como una fuerza con la misma letalidad que la batalla por la que se erige el monumento en la plaza del pueblo.

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El trabajo de Timothée Chalamet es sobresaliente, creando un personaje complejo que se construye ante el espectador entre constantes actividades que terminan por desnudarlo por completo. Michael Stuhlbarg brilla con su delicado monólogo sobre el amor, el deseo y la toma de decisiones. De esta manera, Llámame por tu nombre es un largometraje sensual, puro y arrasador, que retrata el romanticismo no solo como lazos afectivos, sino también en la profundidad de la conexión intelectual. Cambiando el rol de discípulo y maestro como los antiguos griegos, Elio y Oliver se funden y se separan con la misma intensidad. Porque es mejor haber amado con locura y perdido, que vivir en silencio sin siquiera haberlo intentado.

buena

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