La forma del agua

Si tuvieras que contar la historia de alguien que amas, ¿qué dirías? ¿Cómo sería su retrato? Elisa es muda y trabaja en un lugar ultra secreto de investigación. En sus ratos libres se junta con su vecino Giles, un artista que logra comunicar más en su arte que en la vida cotidiana. Elisa vive una solitaria rutina hasta que conoce a una extraña criatura acuática que se encuentra en cautiverio en el lugar de investigación. Ambos establecen un vínculo que va más allá de las palabras y que demuestra que si hay algo que verdaderamente se necesita para sobrevivir, eso sería el amor. Guillermo del Toro (El laberinto del fauno, El espinazo del diablo) entrega un relato sensible, con un toque de la magia y crueldad propia del ser humano, donde los personajes luchan contra prejuicios y normas para vivir en armonía y libertad. Porque las historias de seres amados siempre se cuentan con un poco de esperanza, como si se tratara de un cuento de hadas donde, aunque existan obstáculos, siempre se eleva la vida por sobre la oscuridad. shape-of-water-poster

Si bien la La forma del agua no es el trabajo más perfecto de su director, sí se alza como uno de los relatos más sensibles y mágicos de la temporada de premios. Sally Hawkins brilla como la tímida Elisa, una mujer que interpreta el mundo a través de gestos y acciones. Ella es distinta, una marginada de los estándares clásicos sociales, etiqueta que comparte junto a su amiga Zelda (una Octavia Spencer correcta, sin mucha sorpresa) y su vecino Giles (Richard Jenkins eleva a su personaje como un imperdible del largometraje, siendo un soporte perfecto para Sally Hawkins y su maravillosa Elisa). Zelda es una mujer negra que aún lucha contra los prejuicios raciales; Giles es un homosexual en búsqueda de la aceptación y el amor. Ambos no tienen lugar en un mundo donde la diferencia parece pecado. Como diría Richard Strickland (interpretado por Michael Shannon), el jefe a cargo de la seguridad de la criatura en el lugar de investigación: Dios nos hizo a su imagen y semejanza, pero por supuesto que se parece más al estereotipo blanco. Del Toro así entrega personajes en constante lucha, ya sea contra temores propios o ajenos.

La criatura marina es un Dios. Adorado en el Amazonas, posee el don de la vida, la creación y la fecundidad. A pesar de ser maltratado por la ignorancia de algunos humanos, aún cree en la bondad y las buenas intenciones de otros que le rodean. Está en proceso de aprendizaje ante lo desconocido, al igual que los científicos que intentan descrifrar el misterio detrás de la existencia de un ser completamente diferente y desconocido. Es en esta comprensión donde surge la figura del doctor Robert Hoffstetler (interpretado por Michael Stuhlbarg) y la contienda de Rusia contra Estados Unidos por la supremacía tanto intelectual como armamentista de la Guerra Fría.

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La forma del agua es un largometraje con mucho amor al cine, su forma e historia. Utilizando el género musical a momentos, la película vuelve a hablar del cine como un medio masivo de entretención y evasión, tal como sucediera en el apogeo del musical durante la Gran Depresión. Con un conflicto racial en pleno desarrollo, la gente prefiere cambiar el noticiero y echar a volar su imaginación con películas de finales felices, de personajes danzando ligeros como el viento y libres para expresarse con su cuerpo al ritmo de la música. De esta forma, Del Toro vuelve a la figura del musical como un medio de combate en tiempos oscuros y violentos. Aunque situada en un pasado con toques fantásticos, el film retrata la actualidad estadounidense con sus latentes conflictos con los afroamericanos, los latinos y la competencia nuclear con Corea del Norte. Si Dios existe y tiene forma, ésta tiene que ser cercana a nuestras raíces y mitos más esenciales: el agua.

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Con un hermoso soundtrack compuesto por Alexandre Desplat y un montaje rítmico que se deja sentir con fluidez junto a la música, La forma del agua es un bello cuento de hadas sobre una mujer cuya mágica aventura de autodescubrimiento es narrada por su mejor y más querido amigo. Esta es una fábula de seres solitarios en búsqueda de la felicidad y la libertad, de peces fuera del agua intentando encontrar su hábitat para florecer. A Elisa le faltaban las agallas para convertirse en quien realmente quería ser; bajo el agua, desnuda, hermosa y majestuosa, ella puede encontrar el equilibrio entre los gestos y el silencio. Danzando como si flotara, Elisa se vuelve inmortal en el dibujo y el recuerdo de Giles, quien en su relato al espectador le brinda a su amiga un final lleno del más puro sentimiento de amor incondicional. Porque en tiempos donde la violencia y el odio parecen dominar, el amor germina con más fuerza. Solo hacen falta agallas para encontrarlo y reproducirlo.

buena

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