Star Wars: Los últimos Jedi

En una galaxia muy, muy lejana, Rey continúa su travesía por descubrir su identidad y destino, esta vez junto al legendario Jedi Luke Skywalker. Por otro lado, los rebeldes siguen en su cruzada de sobrevivencia contra un Imperio que parece fortalecerse con el poder de Kylo Ren. Star Wars: Los últimos Jedi es un nuevo episodio de la famosa saga, la cual poco se enfoca en la reinvención, terminando siempre apostando por la misma fórmula probada. Con personajes sin mucha profundidad librando una batalla que parece más bien una constante pataleta en vez de una lucha de ideales, el director Rian Johnson (Looper, Los hermanos Bloom) crea una secuela hecha para el disfrute de los fanáticos, sin mucho más para entregar a los seguidores casuales en sus largas dos horas y media de duración. Conservadora, repetitiva y predecible, la cruzada de Rey, Finn y Poe Dameron se logra sostener solo por las cavilaciones de un Kylo Ren que termina por robarse el protagonismo, gracias a una sólida actuación y un guión generoso con el desarrollo del personaje.

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Rey desconoce el paradero de sus padres. Aquello la atormenta, al igual que conocer a qué lado de la Fuerza verdaderamente pertenece. Ella siente el llamado de la oscuridad y espera que Luke Skywalker pueda entrenarla y darle pistas sobre los matices del bien y el mal. Sin embargo, hasta el propio Luke sigue perdido, sin comprender del todo su rol de maestro y guía, prefiriendo quedarse aislado antes que enfrentar los temores y culpas que lo acosan. Los últimos Jedi busca plantear una protagonista que duda constantemente, pero que jamás resuelve ninguna de sus interrogantes y que hasta se plantea convertir a Kylo Ren al lado de los “buenos”, sin siquiera ella estar demasiado segura de las diferencias de uno y otro lado. La protagonista trata de ser maestra sin siquiera antes pasar por aprendiz. Lo mismo pasa con Luke, que parece estar preso de la misma rabieta que lo consumiera en la juventud. De esta forma, Star Wars está construida en la base de que los malos son muy malos y de que los buenos son demasiado buenos, sin encontrar los grises a un conflicto político del que ya poco se habla y del cual quedan solo los estereotipos y bandos extremistas.

Finn se siente algo incómodo en una historia que parece haberlo abandonado desde el inicio del film. El personaje que encantara en el Episodio VII, ahora no parece tener cabida en el relato. Casi lo mismo pasa con Poe Dameron, quien está obsesionado con enfrentar todo por la fuerza bruta, sin importar la cantidad de vidas perdidas en cada ataque. La trama de los rebeldes empieza a diluirse en el segundo acto del largometraje; Finn se ve envuelto en una misión sin sentido e importancia, mientras que Poe se rebela hasta a su propio bando, al creer tener siempre la verdad absoluta. En ese juego cae Star Wars constantemente: sus personajes siempre tienen la verdad, sobre todo si se presenta la palabra esperanza de por medio. Poca reflexión existe sobre el conflicto base y el origen de la luz y la oscuridad. Sin embargo, igual cabe destacar la aparición de Rose, quien muestra mayores reflexiones no solo por el valor de la vida, sino también por el orden social y económico reinante.

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No hay que pelear por aquello que se odia, sino más bien se debe salvar aquello que se ama. Con esa frase de Rose, Star Wars plantea una tesis que se hace corta e insuficiente comparada al extenso metraje de la película. Si bien entretiene y coloca en la pantalla grande emocionantes escenas de batalla, los personajes son débiles y la historia poco tiene para decir cuando se repite una y otra vez los giros funcionales de las antecesoras. A Los últimos Jedi le falta sorpresa, salir de los cómodos bordes conservadores que aseguran alta venta de tickets y merchandising. Allí donde fallan los protagonistas “buenos” brilla Adam Driver como Kylo Ren, un hombre torturado por haber asesinado a su padre y quien debe todo el tiempo decidir si también acabar con su madre. Romper los vínculos con el pasado y empezar de cero. Se siente traicionado y no hay lado oscuro o luminoso que logre satisfacerlo por completo. Se esconde bajo una máscara esperando encontrar en el legendario villano un guía hacia su verdadero destino. Kylo Ren conoce los dos lados de la fuerza; solitario y embargado con el mismo sentimiento de abandono de Rey, Ben Solo marca su camino como un villano quizás no tan épico e imponente como Darth Vader, aunque sí torturado y mutilado por el enfrentamiento ideológico que divide a la galaxia.

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Star Wars: Los últimos Jedi es superior a su antecesora, sin embargo, termina solo por rozar la superficie de su tesis, olvidando el subtexto del relato. Hay que innovar en la fórmula, sobre todo si se tiene en cuenta la sobresaliente Rogue One que se estrenó el año pasado. Allí, en un solo film existía desarrollo de personajes, viajes internos, cambios y matices. Pareciera que Rey debe alejarse del constante berrinche y acercase más a la determinación de Jyn Erso. Y los rebeldes deberían convertirse en personajes tan entrañables como lo son los tripulantes del Rogue One en su misión suicida. Si bien las comparaciones son odiosas, Star Wars debe y puede mucho más que solo buenas coreografías de pelea y sables láser. Ojo con las últimas apariciones de Carrie Fisher como Leia, una princesa rebelde cuyo recuerdo siempre vivirá en todos los que se sumerjan en las aventuras de esa galaxia muy, muy lejana.

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