El planeta de los simios: La guerra

¿Qué es lo que hace al ser humano superior al resto de las bestias? Quizás el lenguaje o la moralidad que debería existir detrás de cada uno de sus actos. El discernimiento viene de la mano con la conciencia y eso César lo sabe bien, aunque solo sea un simio. Si en las anteriores películas César lucha sin violencia por sus derechos y los de su raza y se enfrenta hasta a sus propios compañeros por su cruzada justa y pacífica, en El planeta de los simios: La guerra el protagonista indiscutido de la saga se enfrenta a sí mismo y sus propios demonios, en una espiral de venganza que pondrá en jaque sus creencias y afectos. El director Matt Reeves (Cloverfield, Let me in) entrega en este largometraje un íntimo retrato sobre la violencia, la frontera entre el bien y el mal, las cavilaciones en torno a la identidad y los pensamientos y acciones que la componen.

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En El planeta de los simios: La guerra, el tercer capítulo de la aclamada y exitosa franquicia, César y sus simios se ven obligados a encararse en un conflicto mortal con un ejército de humanos liderados por un coronel despiadado (Woody Harrelson). Después de que los monos sufren pérdidas inimaginables, César lucha contra sus instintos más siniestros y comienza su propia misión mítica para vengar a los de su especie. Una vez que el viaje los pone en el mismo camino, César y el Coronel se enfrentan en una batalla épica que determinará el destino de ambas especies y el futuro del planeta.

Cerrando una trilogía redonda (precuelas del film de 1968 con Charlton Heston), llena de discurso y actualidad, El planeta de los simios: La guerra es una película que, aunque promete en su título escenas de acción por doquier, se centra más en el desarrollo de personajes y en las tribulaciones en torno a la sobrevivencia de una raza y los métodos utilizados para ello. Andy Serkis vuelve a deslumbrar como César gracias a la potencia de sus expresiones, creando un simio que es más humano que los mismos personajes de carne y hueso. Porque si algo hay que reparar en esta trilogía, es que los seres humanos están casi de adorno, con personajes de cartón sin mucha trascendencia y volumen. Aunque Woody Harrelson sostiene de sobremanera un monólogo donde se explica todo el back story de su personaje y sus motivaciones (ya que antes solo parece una copia del Coronel Kurtz de Apocalypse Now), las personas acá poco importan para el devenir de la historia. Casi son innecesarios, sino fuera porque ellos son el detonante de la rebelión de los primates (debido a su crueldad y sentimiento de superioridad), convirtiéndose en el gran villano del relato. Acá solo importa la evolución de los simios, en un despertar donde no solo comprenden el valor de la libertad y la autonomía, sino donde también conocen el odio y la espiral de violencia y destrucción que éste siempre trae consigo.

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Con numerosas secuencias donde los simios se comunican a señas (de a poco comienzan a hacer suyas las palabras), el film plantea la importancia del lenguaje como un medio no solo expresivo, sino también un factor determinante para definirnos como comunidad. Lo que une a una nación, pero que a la vez la separa de otras que han construido su propio medio de comunicación. Los primates son libres en la complejidad de su lenguaje, aunque por el momento no llegue a ser verbal. Por el contrario, los humanos son prisioneros de una mudez que parece limitarlos, convertirlos en simples bestias incapaces de compartir conocimiento, sensaciones y sentimientos. El lenguaje es evolución. Perderlo parece condenar a toda una raza a su extinción.

César es un simple guerrero elevado a la categoría de símbolo por los de su especie. Su comportamiento debe inspirar a las masas, hacerlos creer en la rebelión y en un posible futuro de libertad. Sin embargo, es débil ante los afectos y el peso de la ira. Lo mismo que antes le criticara a Koba parece dominarlo. Sin poder controlarse y sabiendo que una cruzada personal podría destruir la promesa de paz e independencia de su especie, el protagonista se enfrenta a los demonios que lo acosan en sueños, cegado por la violencia, la furia desmedida y la falta de compasión. Porque a eso es a lo que apela César desde un comienzo y es lo que debería diferenciar al animal del humano: la misericordia.

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Cada plano es trabajado en el uso expresivo de la fotografía y el encuadre, resaltando a los protagonistas y su entorno. Acá lejos quedan las prótesis y el maquillaje de los simios de antaño (esos que se filmaban en planos generales, para que el truco quedara menos al descubierto). En el largometraje queda demostrado lo lejos que ha llegado la tecnología, con inmensos primeros planos al rostro de César y las increíbles expresiones que lo alejan del simple CGI y lo elevan a un personaje complejo y deslumbrante visualmente. El universo de El planeta de los simios es de una construcción minuciosa, donde ningún detalle está dejado al azar. Eso queda de manifiesto en la banda sonora, la cual no solo está magníficamente acompañada por la música de Michael Giacchino (tremenda es la escena de apertura del film no solo por la precisión del montaje, sino también por una composición musical que le brinda intensidad y atmósfera a la secuencia), sino que también por sonidos puntuales que apoyan y tienen sus mejores momentos durante la escenas silenciosas de lenguaje a señas. El sonido en su totalidad es expresivo, narrativo y fundamental para completar el universo establecido.

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La pequeña Nova parece ser la promesa de cambio, de verdadera evolución. Silente, pero atenta a comprender el mundo que la rodea de una forma totalmente nueva y transparente, no sabe bien si lo que la define es humano o simio. Pero eso realmente no importa: es su sentido de la justicia, bondad y compasión lo que parece construir su identidad. Los simios juntos son fuertes y esa es la premisa que la une y la convierte a ella en un primate más. Es el horror reflejado en sus ojos por los estragos de la violencia sin sentido, lo mismo que antes podía verse claramente en el rostro de César y sus fieles compañeros. A eso nos invita esta nueva entrega de la franquicia El planeta de los simios, a cuestionarnos sobre las consecuencias de nuestras acciones y cómo nos define la salida que tomamos al momento de enfrentarnos a lo peor de nosotros mismos. Al final, nada más blanco y puro que la nieve puede llevarse toda la sangre y muerte que ha quedado en el camino. Como una resurrección (o una nueva evolución), el desierto parece ser el mejor paisaje para un comienzo fértil de la manada. Porque juntos, a pesar de los terrores vividos, se es efectivamente más fuerte.

buena

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