The Wailing

Entre gemidos y silencios, la fe es un laberinto de muchas preguntas y muy pocas respuestas. Ya sea viviendo la religión cumpliendo estrictos ritos o solo acudiendo a ella como último medio para darle sentido a lo desconocido, el cine contemporáneo ha realizado ensayos que se adentran en el caos de la fe y sus múltiples salidas. En Occidente, Martin Scorsese ya llevó a la pantalla grande sus dilemas y demonios en la magistral Silencio. En Oriente, el surcoreano Hong-jin Na (The yellow sea, The chaser) entrega una obra maestra imposible de encasillar en un solo género: pasando por el terror, drama, comedia, suspenso y policial, The Wailing nos muestra un pequeño pueblo donde misteriosos asesinatos comienzan a ocurrir, como si se tratara de una enfermedad imposible de detener. Lo que no sabe el policía a cargo del caso, es que está en medio de una pelea que va mucho más allá de lo humano, aunque deberá hacerle frente si quiere salvar a su pequeña hija de ancestrales fantasmas y demonios.

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Corea del Sur. En una rural y pequeña villa llamado Goksung, misteriosos asesinatos comienzan a ocurrir. De toda esa locura, que se esparce con la rapidez de una epidemia, es culpado un japonés (interpretado por Jun Kunimura), nuevo habitante de la localidad y quien se ha asentado en lo profundo del bosque. Jong-goo (Do-won Kwak) es un policía algo torpe que debe llegar al fondo del misterio. Sin embargo, el caso se vuelve personal cuando su hija se ve afectada por la misma locura que parece consumir al pueblo.

The Wailing es una película cuya superficie parece ser un relato de terror y suspenso que, a pesar de sus dos horas y media de duración, se ve y disfruta con facilidad. Es en los créditos finales donde recién el espectador puede digerir las capas de un relato complejo, que se construye gracias a símbolos y donde la batalla del bien y el mal se reduce a la pesca de almas, de creyentes, por parte de los demonios que viven en el lugar. Dios no interviene en esta batalla de monstruos, su superioridad se hace notar en su absoluto silencio e indiferencia. Contada en 3 grandes bloques (humano, profano y sagrado), la película interna al espectador en el viaje de su protagonista Jong-goo, un hombre de simples placeres que se ve envuelto en una pesadilla donde sus creencias son puestas constantemente a prueba.

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El guión es simplemente excepcional. Abierto a interpretaciones desde el inicio, la historia puede ser vista más de una vez sin perder el suspenso, ya que siempre se descubrirán nuevos significados en los giros que propone la narrativa. Dueña de una atmósfera opresiva (de paisajes magníficos sumergidos en días nublados, lluvias u oscuras noches), la película sabe construir paso a paso un viaje de tortura y perdición. El casting es simplemente espectacular y el director es generoso con sus personajes, pues todos tienen su momento para brillar dentro del relato. Do-won Kwak es el pilar fundamental, creando un protagónico que logra sostener los momentos de tensión, drama, suspenso y hasta comedia que tiene el largometraje. Jun Kunimura es otro de los que derrocha talento con su personaje del japonés, logrando colocar los pelos de punta en los momentos decisivos, junto al magistral Jung-min Hwang (interpretando al chamán cuya escena de exorcismo es es una de las mejor construidas de la película en fotografía, montaje y sonido).

Desde que aquí en adelante, comienza un análisis sobre The Wailing y sus significados, el cual contiene SPOILERS. Si no han visto la película, les invito a verla primero y luego leer el siguiente contenido, para no arruinarles la experiencia.

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El largometraje parte con un general donde se ve al japonés pescando tranquilamente en un día nublado. En un plano detalle, el mismo hombre coloca la carnada para continuar su captura. De esta forma, The Wailing establece su premisa general, mostrándonos que la cacería de almas ya ha comenzado a desarrollarse. El director Hong-jin Na encadena lo que parece ser la batalla de tres divinidades por la supremacía sobre un territorio: Leviatán, Behemot y Ziz. La primera es una gran bestia marina para los judíos, la antítesis de Dios (y creada por Él), con la cual alimentará a los honestos luego del Armagedón. Para los cristianos, también tiene la capacidad de poseer a las personas, siendo difícil de exorcizar. Esto es lo que hace el japonés en el pueblo (ojo con el significado de su nacionalidad si recordamos que viene del otro lado del mar y la historia de opresión y guerras entre Corea y Japón), pues posee a su víctimas guiándolas a un camino de violencia donde se apodera del alma del sujeto y solo queda deambulando una carcasa vacía, cuyo propósito es solo seguir propagando su sed de sangre y extinción. Sin embargo, el extranjero ha traspasado no solo el territorio al cambiarse de país, sino que también ha cruzado la frontera de lo divino: al quedarse en el bosque, ha generado una disputa con una muchacha, que bien podría representar a Behemot.

La joven observa los crímenes pero poco hace para evitarlos. Vive entre las sombras de los árboles, representando a la tierra, a esas raíces ancestrales. Ella arroja piedras sobre Jong-goo para llamar su atención (quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra) y se convierte en el primer testigo de los asesinatos. Sin embargo desaparece, dejando al protagonista sumergido en pesadillas donde un hombre-demonio devora a sus víctimas como una bestia salvaje. Ella presencia el mayor pecado de Jong-goo: con el fin de salvar a su hija, dominada por la misma enfermedad que el resto de la villa, junta a un grupo de vecinos dispuestos a matar al extranjero. Luego de ser atacados por un cadáver poseído, el protagonista persigue al japonés por el bosque hasta que terminan atropellándolo en medio de una lluviosa carretera. Para asegurarse de acabar con él, Jong-goo arroja al anciano por un barranco. La muchacha observa su pecado sin intervenir, dejándolo pensar que la maldición por fin ha sido rota y que su hija puede tocar la salvación y volver a la normalidad. Sin embargo, ha caído en el círculo de la violencia, ya nada puede hacer para evitar vivir su prueba de fe, cuando la joven le pide que confíe en ella y no entre a su casa hasta que pasen tres cantos del gallo. Lo que le suplica es que crea a ciegas, sin pruebas de que algo superior y milagroso puede suceder. Jong-goo, quien se ha convertido en lo mismo que juró detener como policía, no es capaz de pasar la prueba y vuelve para salvar a su hija antes de lo estipulado. Al no negar a Dios como lo hizo Pedro tres veces, la mujer no cumple con la “salvación” prometida. La violencia continúa, corrompiendo a la niña y quebrando la cordura del protagonista.

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El tercero en disputa es Ziz, un chamán que es llamado por la mamá de Jong-goo para ayudar a exorcizar a su nieta del demonio que la habita. Con un ritual que deja sin palabras al espectador por la impecable forma en que está filmada y montada, además de las excelentes actuaciones, el chamán Il-gwang (interpretado por Jung-min Hwang) entra en la disputa de la pesca de creyentes como el soberano del aire, como un ave majestuosa cuyas alas pueden tapar hasta el sol. Interponiéndose entre el agua y la tierra, el chamán no busca salvar a nadie excepto a sí mismo. Tantea y encuentra la oportunidad de superar a sus rivales, pero cuando las cosas se ponen adversas es el primero en intentar escapar. Él recibe pago por sus rituales, por lo que no se mueve por firmes convicciones. Es egoísta por naturaleza.

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La anagnórisis más fundamental no ocurre con Jong-goo ni su hija. The Wailing se reserva un final sorprendente, brutal, elevando un personaje secundario a su máxima expresión. Para que el protagonista y su compañero puedan hablar con el japonés, le piden ayuda a un diácono (sobrino de uno de los policías) para que sirva de traductor. Él estuvo un tiempo en Japón y puede ayudar a comprender al extranjero. Siendo atacado constantemente a lo largo del film (ya sea por el perro del japonés o el cadáver poseído, el cual le arranca un pedazo de mejilla de un mordisco), él es quien termina dudando más de la existencia de Dios debido a su ausencia, a sus silencios. Él hace de traductor, misma labor que realiza para la iglesia católica como diácono. Sin embargo, es difícil comprender y transmitir enseñanzas cuando la divinidad no contesta las plegarias, cuando el rostro de Cristo solo se hace ver en frías esculturas de crucifixión dentro de un templo. Como si bajara a las profundidades del infierno, el diácono (armado con una hoz) se enfrenta en una cueva con el extranjero. Duda, sufre y se aferra a un rosario blanco como si de aquello dependiera su vida. El japonés saca fotos de sus víctimas (como modo de capturar el alma) y no duda en sacarle una al joven sacerdote en el momento en que las bases de su religión se desmoronan al presenciar un milagro: el diablo está en el pueblo y habita además en cada uno de sus habitantes. No hay expiación posible ni hoz capaz de redimirlo.

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The Wailing es una película que se atreve a plantear preguntas fundamentales, pero que pocas respuestas da al espectador. Es una invitación a la reflexión, a perderse dentro del laberinto de la fe y la religión. Acá el bien y el mal están separados por una pequeña línea, la misma en que los creyentes (o escépticos) viven el día a día. Profunda, abierta a interpretaciones, el largometraje no es solo una obra maestra contemporánea por su guión, sino que también por cómo el lenguaje cinematográfico es explotado en su máxima expresión. Convirtiendo la cámara, el sonido, arte y montaje en elementos altamente narrativos, The Wailing explora la espiritualidad y la unilateralidad de la relación entre lo divino y lo humano. Con dioses ausentes y demonios demasiado presentes, la fe parece aferrarse a un grito desesperado de salvación. Pequeños, los seres humanos son absorbidos por una inmensidad de difícil comprensión. Ante ese paisaje, parece imposible no perderse entre reliquias, negaciones y la hoz.

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