Silencio

Con la pantalla en negro, se escucha el envolvente sonido de la naturaleza. En el momento en que el viento, insectos y aves están en su máximo volumen, de repente todo queda en silencio. Con dos over shoulder y algunos primeros planos, la película nos muestra a tres sacerdotes leyendo una carta que narra los sufrimientos que sufren los cristianos en Japón. Las paredes desnudas, sólidas, nos hacen presentir el eco de una sala austera y de dimensiones considerables. La frialdad del lugar termina por manifestarse en una enorme escalinata, encuadrada en un plano general cenital, donde los tres sacerdotes se convierten en pequeños puntos negros ante la estructura que los absorbe. Silencio es el viaje espiritual de personajes torturados por su fe, lo divino enfrentado a lo humano, es un ensayo cinematográfico sobre la religión a través de numerosas preguntas sin respuestas. Siendo el film más personal de Martin Scorsese (Taxi Driver, Casino), Silencio fue una de las grandes ignoradas por la Academia en la premiación de este año (como suele suceder con la filmografía de su director, aunque en esta versión logró una nominación por la fotografía de Rodrigo Prieto), demostrando que muchas veces los premios y laureles no certifican la grandeza de una película: lo nuevo de Scorsese es inquietante, sublime a momentos, una interpelación directa a los dilemas religiosos del espectador y, por sobre todo, a los demonios de su director.

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Segunda mitad del siglo XVII. Dos jesuitas portugueses, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver), viajan a Japón en busca del padre Ferreira (Liam Neeson), un misionero que, tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe. Tratando de aferrarse a sus creencias, ellos mismos vivirán el suplicio y la violencia con que los japoneses reciben a los cristianos.

Con más de 2 horas y media de duración, Silencio es una película atípica para nuestros tiempos. No por su extensión (ahora la gran mayoría de las historias apuesta por metrajes excesivos), sino por la mirada de un cine que se aleja de convencionalismos y fórmulas y que apuesta por la reflexión del espectador por sobre la entretención. Lo nuevo de Scorsese no busca la comodidad en la oscuridad de la pantalla grande, sino más bien todo lo contrario. Con planos donde la naturaleza domina el cuadro y los seres humanos se ven insignificantes ante su majestuosidad, el largometraje plasma en imágenes el dolor, la tortura y muerte no solo física, sino que también espiritual.

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¿Por qué Dios permite que sus fieles sufran persecución? ¿Por qué no los protege, en vez de poner una y otra vez a prueba la fuerza de su fe? Con la base de una divinidad silenciosa y castigadora, los católicos se aferran al sufrimiento como un medio para alcanzar el Paraíso. Dios está en figuras vacías y frías, en imágenes que no son suficientes en el momento en que hay más preguntas que certezas. El padre Rodrigues siente a Dios desde su infancia y ha crecido con sus enseñanzas. Cree en la capacidad de salvar almas a través de ritos como el bautismo, la comunión y la confesión. Sin embargo, cuando se aleja de los grandes muros del templo y se encuentra con los verdaderos fieles, aquellos que interpretan las escrituras más que aprenderlas y que ven la religión como un significado y no como un medio, Rodrigues lucha contra sus dudas y la vanidad con la que ha sustentado su fe. Magnífica es la escena del sacerdote observando su rostro en el agua, confundiéndolo con la imagen del Cristo crucificado. Eso es lo que cree ser, quizás como un mecanismo desesperado para comprender la falta de presencia divina ante su sufrimiento.

Para los japoneses, la divinidad está en el sol que nace y muere a diario, en el volar de los pájaros, en las cosechas que les permiten alimentarse. Es un renacimiento constante, donde no parece tener cabida la finitud del cristianismo, donde el dios se revela en la muerte y no en el día a día, en la vida misma. Bajo el peso de un doliente crucifijo, Rodrigues vive su propio calvario del desierto, siendo traicionado por un Judas y puesto a prueba al igual que Pedro y los tres cantos del gallo. Por el contrario, Garupe cree ciegamente no solo en los preceptos aprendidos, sino que también en la salvación del alma y en la lejanía del dios y su fiel. Él es solo un hombre y esa simple verdad es lo que le permite reforzar sus creencias espirituales. Garupe es capaz de morir por su dios, al contrario de Rodrigues, quien como Tomás necesita sentir el peso de los clavos y ver las llagas de la corona de espinas. El sacrificio de morir bajo tortura parece demasiado para un sacerdote que cree ser el indicado para salvar almas extraviadas.

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Silencio cuestiona los símbolos y valoriza la valentía de los actos de fe, acercando la figura de Cristo a los campesinos sufrientes por sobre el rosario y las frías esculturas. La espiritualidad se vive, se ama y se sufre, en una constante contradicción de un adoctrinamiento liberador. Andrew Garfield termina sosteniendo el largometraje gracias a los matices de su personaje, que cambia ante cada nueva pregunta, desafío y tropiezo. Adam Driver, siempre contenido, brinda otra de las mejores escenas del film en el clímax del viaje de Garupe. Scorsese es generoso con el martirio de sus protagonistas, haciéndolos pequeños en inmensos planos generales o gigantes en primeros planos donde se desnudan ante el espectador entre diálogos espesos y una íntima voz en off. Notable es el trabajo que Issei Ogata hace sobre el personaje del Inquisidor, quien se aleja de villanos convencionales y le brinda tridimensionalidad a un hombre práctico que parece estar más cerca de las certezas espirituales, dentro de un pantano donde los sacerdotes se pierden y hunden con mayor facilidad.

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Basada en el libro del mismo nombre de Shusaku Endo, Silencio es un oasis dentro del panorama cinematográfico actual. Sin grandes efectos y mucha humanidad, se cuestiona los cimientos de la fe y la importancia de las divinidades en nuestra formación como individuos. Íntima y exquisitamente filmada, es un viaje desgarrador que plantea dilemas sin dar mucha solución a los mismos. Es una invitación al espectador a sacar sus propias conclusiones, a vivir la crisis de la mano con sus protagonistas. Scorsese brilla y demuestra una vez más cuánto puede lograr detrás de cámara. Acá hay cine de la vieja escuela.

buena

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Un comentario en “Silencio

  1. Pingback: The Wailing | Cine Chasquilla

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