Nada que perder

En un amplio plano secuencia donde podemos ver un automóvil acercarse a la lejanía y una mujer comenzar su rutina diaria, la cámara deja ver un rayado rápido pero certero: “Tres veces en Irak, pero no hay dinero para nosotros”. Nominada a 4 premios Oscar por película, guión, montaje y actor secundario, Nada que perder sumerge al espectador en los áridos paisajes de Texas, donde la tierra se gana y se pierde en un ciclo de pobreza y violencia y donde los ciudadanos, cual antiguo western, portan armas listos para tomar la esquiva justicia por sus propias manos.

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Tanner (Ben Foster) y Toby Howard (Chris Pine) son dos hermanos que viven en el estado de Texas y que se han propuesto atracar el mayor número de bancos de la zona en un breve periodo de tiempo. Pero ellos no son asaltantes profesionales: uno es un ex convicto y el otro es un padre divorciado con dos hijos. Su objetivo es reunir la cantidad de dinero necesaria para no perder la granja familiar que el banco les reclama por impago, que es lo único que tienen y por lo que han luchado toda la vida. Su plan: pagar al banco con la misma moneda. Eso sí, será una carrera a contrarreloj porque los Rangers de Texas, con el veterano Marcus Hamilton (Jeff Bridges) a la cabeza, están pisándoles los talones y no se darán por vencidos hasta que los atrapen.

Dirigida por David Mackenzie (Convicto, Perfect Sense) y escrita por Taylor Sheridan (Sicario), Nada que perder es la travesía de dos hermanos por recuperar lo que es suyo por derecho propio, aunque ello signifique alejarse de la ley y comenzar a robar al mismo banco que amenaza con expropiarlos. Buscan la libertad de las deudas y un futuro más prometedor para los hijos de Toby, un hombre que ha cedido su terreno a las empresas petroleras para hacer excavación. La tierra es de nadie y la colonización parece un ciclo de nunca terminar. “He sido pobre toda la vida. También mis padres y sus padres. Es como una enfermedad, que se transmite de generación en generación. Se vuelve una enfermedad. Infecta a todas las personas que uno conoce, pero no a mis hijos. Ya no. Todo esto es de ellos ahora”.

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Con enormes planos donde los personajes se sienten diminutos ante un paisaje extenso y desolado, el largometraje no solo ahonda en las problemáticas de los lazos familiares (marcadas por la abnegación hacia la madre y el abandono, ya sea entre hermanos o de padre a hijos), sino que también en los sentimientos de afecto que surgen entre un hombre a punto de jubilar y su pupilo. Jeff Bridges brilla como un Ranger de la vieja escuela, que busca comprender la mente de los criminales y que cree en el poder de la justicia y que cada caso es importante, por muy pequeño que sea. Odia la impunidad, creyéndose un cowboy listo para proteger la paz y honor del pueblo. Como si se tratara de un patrón dueño de las tierras, lanza constantes bromas a su compañero por su ascendencia indígena y mexicana. Sin embargo, a pesar de las diferencias, la lealtad es inquebrantable entre ambos y en medio de balazos y persecuciones, la violencia no hace diferencia de sangre ni color.

Los Rangers ven un incendio voraz en mitad del camino y se encuentran con unos vaqueros intentando salvar el ganado. “Debería dejar que me queme y así terminar esta pena (…) Es el siglo XXI, escapo de un incendio con un rebaño. Y me pregunto por qué mis hijos no quieren dedicarse a esto”. Ese abandono, esa soledad desértica es la que transmite en cada plano el largometraje, un Texas que sangra por heridas antiguas y nuevas, lleno de vaqueros caídos en desgracia que creen solo en la ley del acero y buscan desesperadamente una nueva esperanza del paraíso perdido. Cuando el valor de un hombre se mide por las hectáreas que posee, Nada que perder se atreve a mostrar la venganza del hombre común contra un sistema que lo oprime y termina por quitarle la poca humanidad que aún conserva. Cual Robin Hood, el protagonista intenta pagar su deuda con el mismo dinero que el banco le ha arrebatado con prácticas abusivas. Aún cuando no pretenda hacer daño a inocentes, el peso del sombrero y la pistola terminará llamando a los finales violentos, aunque llenos de redención.

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Nada que perder es un western contemporáneo donde los vaqueros esta vez tienen un villano invisible y más poderoso que derribar. Los problemas económicos, el abandono y la explotación indiscriminada de los recursos, son temáticas que cruzan el largometraje y se convierten en el motor de los protagonistas para sobrevivir a los desérticos y calurosos paisajes de Texas. Con un fantástico duelo de cowboys hacia el final, pero con balas verbales, los hermanos Howard quedan atrapados en un círculo de venganza con la esperanza de heredar algo mejor a sus descendientes. Una ilusión que incluye la herencia de tierras fértiles como promesa de un futuro próspero. De recuperar el paraíso perdido.

buena

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