Ballerina

Hay películas que encuentran su grandeza en el hecho de tomar una historia ya mil veces contada y darle un giro personal, una actualización que hace necesario el volver a revisitarla. Ballerina (co-producción canadiense francesa) nos conduce por los caminos de La Cenicienta, pero es mezquina cuando se trata de darle un sello al guión. Lleno de salidas fáciles a los conflictos que se presentan, el largometraje se queda a mitad de camino debido a una narrativa floja y convencional y logra solo escapar del olvido gracias a una bella animación.

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Félicie es una huérfana que sueña con convertirse en bailarina. Armada solo de pasión y de su gran amigo Victor, escapará del orfanato rural donde vive y suplantará la identidad de una estudiante de danza de la Gran Ópera de París.

Si hay algo que Ballerina sabe recalcarle a los niños, es que solo el trabajo duro ayudará a ver frutos en las metas personales. Félicie tiene ánimo y energía para bailar, aunque su gracia y técnica sean más parecidas a un elefante (en las palabras de su instructor) que a una bailarina clásica. La protagonista se mueve con libertad al ritmo de la música, olvidando que las zapatillas de punta implican rigurosidad y pasos finamente ejecutados. Si quiere alcanzar su sueño, Félicie no solo debe cambiar su nombre y hacerse pasar por la hija de una acaudalada señora (malvada, por cierto), sino que debe descubrir y atesorar los verdaderos cimientos que la llevan a optar por la danza como un modo de vida.

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La protagonista no está sola en su camino por comprender las artes clásicas. De manera fortuita conoce a Odette, una ex bailarina que ahora se dedica a la limpieza y que se convierte en el hada madrina de una muchacha tan parecida a ella en sus años de juventud. Aunque algo dejan entrever sobre un infortunio y la cojera de Odette, es esta mujer quien no solo le enseñará la gracia y disciplina del ballet, sino que también el cariño y la sabiduría que una madre puede brindar. De esta forma, Félicie no solo descubre los secretos de la técnica, sino que también los misterios que constituyen los lazos de una familia.

No es en la anécdota general donde decae Ballerina, sino en su intento desesperado por parecerse a las películas infantiles producidas en masa por Hollywood. Su aspiración a competir con Disney es lo que la hace tropezar a ratos, contando una fábula donde abundan las salidas fáciles a los momentos de tensión. Ya sea con elementos fortuitos como las múltiples caídas de Victor que hacen que Félicie quede sola en una ciudad desconocida, el largometraje se olvida de profundizar en sus secundarios y sus motivaciones. Sin embargo, hay momentos donde el relato brilla cuando contrasta el bien y el mal, mostrando que en la vida nada es tan blanco o negro como parece. Si no fuera por la villana más evidente (alta, espigada, recargada de maquillaje y peinado voluminoso, otro cliché de la historia muy sacado de la madrastra de La Cenicienta), Ballerina se mueve por esa zona gris donde la maldad muta al igual que los puntos de vista de un niño en las puertas de la madurez. Cabe destacar la evolución de Camille (la rival en el baile de la protagonista) y esa bella coreografía del enfrentamiento, donde no solo se pone en juego un papel en el ballet El Lago de los Cisnes, sino que también las convicciones que las hacen soportar su peso en puntillas y volar por los aires con total control y majestuosidad. Ese efímero e irrepetible momento de inmortalidad.

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En el orfanato hay una religiosa severa y un guardián implacable, de los cuales Félicie y Victor buscan escapar a cualquier costo. Pero esa es la primera impresión de niños solitarios, que se sienten atrapados en un destino mezquino e injusto. Al evolucionar el relato, la protagonista se enfrenta a un mundo tan inmenso e implacable, que la visión de sus cuidadores cambia completamente, al igual que sus afectos. Esas son las fortalezas de Ballerina, un film que se reconstruye constantemente, al igual que la cajita musical a la que se aferra Félicie. Con un toque de steampunk gracias a los extraños inventos de Victor, el largometraje tiene sus puntos altos en el baile (sobre todo en las secuencias de entrenamiento, muy al estilo Karate Kid) pero pierde fluidez al forzar el transcurrir de la historia. Entretenida, pero rápidamente olvidable. Y de Tchaikovsky, poco o nada. Parece que es mejor bailar El Lago de los Cisnes bajo canciones pop modernas, que mostrarle a los niños un poco de música clásica.

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