Un monstruo viene a verme

Hay temas difíciles de hablar con los más pequeños. Uno de ellos es la muerte, una finitud que parece tan lejana, desconocida y cruel para los niños. El director J.A. Bayona termina una impecable trilogía sobre la oscilante relación madre e hijo, reflejada en diferentes géneros: el suspenso de El Orfanato y el drama de Lo Imposible. Ahora, la fantasía y la ficción pierden su línea divisoria con la realidad en Un monstruo viene a verme, un bello relato sobre el fin de la niñez, el duelo y la desolación ante la fragilidad humana y los afectos que la componen.

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Tras la separación de sus padres, Connor (Lewis MacDougall), un chico de 12 años, tendrá que ocuparse de llevar las riendas de la casa, pues su madre (Felicity Jones) tiene un cáncer. Así las cosas, el niño intentará superar sus miedos y fobias con la ayuda de un monstruo (Liam Neeson), pero sus fantasías tendrán que enfrentarse no sólo con la realidad, sino con su fría y calculadora abuela (Sigourney Weaver).

Un monstruo viene a verme es un viaje de autodescubrimiento, pero por sobre todo nos habla de las facetas que se viven en el duelo, ese momento donde comprendemos el valor de la vida y la inmensidad del dolor ante la pérdida de una persona amada. Somos seres inherentemente sociales, construyendo nuestras convicciones y nuestra mirada sobre el mundo a través de las conexiones que establecemos con otros. Connor goza del dibujo porque su madre se lo enseñó desde pequeño. El arte es su método de escape de una realidad que parece aplastarlo, dividida entre el bullying que sufre en el colegio y el cáncer que consume al único pilar de su hogar. Con solo 12 años, la vida parece dura e injusta. Connor tiene terror de ser invisible y quedarse solo en su pelea diaria. Fuertes sentimientos y sensaciones crecen en su interior, ahogándolo, creando así un monstruo gigante que parece ser el único capaz de comprenderlo y darle un respiro: a través de pequeños relatos, el enorme árbol le enseña el camino al niño hacia la comprensión del dolor y de la esencia misma que compone al ser humano, donde nada es tan blanco o negro como parece.

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Connor no comprende el solitario destino de los monstruos en las películas. ¿Por qué la gente ataca a King Kong si no ha hecho nada? ¿Solo porque es diferente? El niño se acerca así a cuentos de príncipes y curanderos, donde a veces lo moralmente incorrecto es necesario para hacer el bien. En la vida no hay villanos sin matices y verdades absolutas. Todo está en constante transformación y la realidad y sus reglas se configuran a través del punto de vista por donde se mire. Con una profunda y emotiva historia donde es imposible no sumergirse y sentirse identificado, Un monstruo viene a verme nos muestra con bellos encuadres y puesta en escena que la magia y dulzor de la vida no está exenta de sufrimiento y que entre cada alegría hay una pena superada y un camino recorrido.

El guión es preciso, con excelentes diálogos y escenas que construyen sin apuro un drama pequeño, pero absolutamente esencial. Con fragmentos narrados con una animación cuyo aspecto intenta acercarse a la acuarela, la película brinda encuadres tan expresivos como los que componen la crucial escena del tren, donde la lluvia crea el mismo efecto de las animaciones en la ventana del automóvil, gracias a la fusión de las luces de la ciudad y el agua.

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Felicity Jones está soberbia de principio a fin, sosteniendo los momentos más emotivos del film y logrando resaltar la actuación del joven protagonista, quien evoluciona los matices de su personaje al mismo tiempo que lo hace la historia. Lo mismo pasa con el trabajo de Sigourney Weaver, una abuela que poco comprende el mundo de su nieto, aunque a ambos los une la misma ira e impotencia ante la muerte. Liam Neeson es una voz potente, llena de fuerza y sabiduría, que acerca a la película a esos cuentos que todo niño escuchó alguna vez antes de dormir. Aunque su giro sea previsible, el monstruo es una bella metáfora sobre el torbellino de emociones y vivencias que nos componen como seres humanos.

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Connor vive un oasis a su desolación con la visita de su padre. Sin embargo, él ya formó otra familia y el niño no pertenece a ese hogar, que hasta se consolidó en otro país. A padre e hijo los separa una frontera emocional y territorial, pero tienen momentos de conexión como cuando el niño pregunta por la razón de la separación con su madre. Él le responde que siempre la amará, pero que el amor no es suficiente. Que así es la vida. Con esa tremenda declaración, Un monstruo viene a verme es una fábula desgarradora que destruye al espectador pero, por sobre todo, invita a la reconstrucción. Ojalá pudiera darte 100 años, le dice la madre a su hijo. Y la vida es eso: aprender a atesorar pero también dejar ir, comprender la grandeza de las alegrías y el poder sanador de las tristezas y que la finitud está llena de renacimientos. Porque nadie está solo y las batallas más importantes se luchan dentro de uno mismo y contra nuestras contradicciones. Para verla en familia y conversar largamente sobre ella. Una película necesaria, redonda e imperdible.

buena

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