Sing

Los programas de talento tienen su auge en la televisión no solo por la capacidad de artistas desconocidos (y su posibilidad de consolidarse y ser famosos), sino que también gracias a las historias que cada uno carga en sus espaldas. Existe una identificación con aquel concursante en pos del éxito. La nueva propuesta de la productora Illumination no se aleja de aquel show televisivo: Sing busca crear un relato donde la música y la intimidad se combinan, creando personajes que si bien se acercan a un estereotipo reconocible, poseen un mensaje capaz de llegar a grandes y chicos. Sin embargo, lo co-dirigido por el debutante Christophe Lourdelet y Garth Jennings (El hijo de Rambow) tiene su mayor fallo en esa aspiración, ya que olvida las motivaciones que mueven a los protagonistas entre canciones pop y coreografías que agregan espectacularidad visual, pero restan sustancia y emoción a las historias presentadas.

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Buster Moon es un impecable koala que preside un teatro que está pasando tiempos difíciles. Es un optimista al máximo, quien ama su teatro y que haría lo imposible por conservarlo (aferrándose a él como buen koala). Ahora, frente al desmoronamiento de su vida ambiciosa, tiene una última oportunidad para restaurar la antigua gloria, mediante la producción del concurso de canto más grande del mundo. Cinco concursantes destacan en la audición: Mike, un ratón que canta tan bien como engaña; Meena, una elefante adolescente muy tímida con un enorme caso de miedo escénico; Rosita, una madre fatigada quien dirige a una camada de 25 lechones; Johnny, un joven gorila gángster buscando liberarse de los delitos de su familia; y Ash, una puerco espín punk-rock que lucha por dejar a su arrogante novio e irse como solista. Cada animal llega bajo la tutela de Buster, creyendo que ésta es su oportunidad para cambiar el curso de sus vidas.

Sing es un relato coral que olvida profundizar en la gran cantidad de personajes que presenta. Su premisa más general es prometedora, sobre todo al poner en la pantalla grande dos personajes femeninos fuertes: Rosita y Ash. La primera lidia con los problemas propios de la maternidad y habla sobre el momento en que se olvida a la mujer y solo queda la dueña de casa, la cual debe soportar la rutina de su matrimonio. La segunda, es una adolescente en pleno noviazgo que aguanta a una pareja insegura, que agranda su ego al opacarla a ella en el aspecto musical. Ambas están en pos de descubrir su identidad y afirmar su poder dentro del círculo íntimo respectivo, encontrando el valor para aceptarse y amarse a sí mismas más allá de prejuicios y apariencias. Y aunque estos dos personajes son los mejores desarrollados del film (junto a la titubeante pero finalmente valiente Meena), el resto queda relegado a una anécdota superficial sobre la relación padre-hijo.

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Lo mejor de tocar fondo es que luego solo puedes subir, se repite constantemente Buster en los momentos de mayores apuros. En esa frase es que radica la mejor escena del metraje de casi 2 horas de duración: su padre limpiaba autos y juntaba cada peso que ganaba para ayudar a su hijo a cumplir sus sueños artísticos, sacrificio que le da fuerzas a un Buster romántico en su modo de ver la vida y que se niega a perder las esperanzas de subsistir de aquello que más ama: el teatro. Es tan bello y lleno de dignidad ese momento en que él debe hacer lo mismo que su padre para sobrevivir y ganar dinero, aterrizando anhelos y también fortaleciendo eslabones con aquella familia que, si bien no es sanguínea, se crea por elección y cariño incondicional: la leal y anciana secretaria Miss Crawly y su amigo de infancia Eddie.

Quizás lo más desaprovechado del largometraje es Johnny y su debate entre la aceptación paternal y sus ansias de dedicarse a la música. Buscando enorgullecer a su padre (un ladrón seguro de sus habilidades), Johnny puede arriesgar a perderse en un camino que no se ajusta a la honestidad de su canto. Es el drama del artista de la familia, que no quiere fallar en expectativas pero tampoco se rinde en hacer valer su singularidad e imponerse a los prejuicios. Johnny es un gorila que vive rodeado por esa masculinidad absolutamente física, que no tiene cabida para sensaciones y sentimientos. En ese sentido, Sing es un film que busca derrotar clichés tanto femeninos como masculinos, pero se queda a medias en las premisas al darle cierres previsibles a cada una de las historias, impidiendo una mayor evolución de ellas. Acá hay un mundo absolutamente humano, que fácilmente puede conectar con las emociones del espectador, pero que prefiere las risas fáciles al drama que compone a sus protagonistas.

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Sing termina reduciéndose a muy buenos covers de canciones populares, mostrando solo un barniz de las individualidades y conflictos que forman parte de los concursantes de un programa de talentos, seres que depositan su esperanza de un mejor futuro en una audición de 2 minutos. Debido a su falta de atrevimiento, Sing quizás se disfrute por su comedia física (personalmente, creo que lo mejor en humor son las cortas apariciones de un grupo de canto japonés) y sus números musicales, pero queda relegada al rápido olvido luego de salir de la sala de cine. Con una muy buena animación y diseño de personajes, acá todo transita por la superficie, olvidando la sustancia de sus protagonistas. A Sing le faltó el alma de la música, esa espectacularidad desgarradoramente humana de la que hablaba Nana, la retirada cantante de ópera que inspiró a Buster cuando niño.

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