La luz entre los océanos

El melodrama es un género donde no existen puntos medios, pues solo puede fracasar o triunfar al momento de generar emociones en el espectador. Basado en el libro del mismo nombre, La luz entre los océanos parece ser consciente de esta dificultad, aunque no por ello escapa de los clichés de romances tormentosos y personajes torturados. La historia (más cercana a un film para televisión que uno realizado para la pantalla grande) se salva de hundirse desde un inicio gracias a un casting de tremendos actores, quienes saben llevar las incómodas líneas de guión y las constantes escenas de desolación. El director Derek Cianfrance (Blue ValentineThe place beyond the pines) triunfa en varios aspectos técnicos con este film (como la música y la hermosa fotografía), pero se preocupa tanto del llanto constante de sus protagónicos, que olvida las emociones y el compromiso del espectador con la historia.

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Australia, 1926. Un bote encalla en una isla remota y a su encuentro acuden el farero Tom Sherbourne (Michael Fassbender) y su joven esposa Isabel (Alicia Vikander). En el interior del bote yacen un hombre muerto y un bebé que llora con desesperación. Tom e Isabel adoptan a la niña y deciden criarla sin informar a las autoridades. Todo se complica cuando años más tarde conocen en el pueblo a Hannah (Rachel Weisz), una mujer atormentada por un trauma del pasado.

El comienzo es prometedor, con un Fassbender que hace suyo un personaje sutil en gestos y contenido en emociones, magistralmente retratado ante un paisaje inmenso, voraz y desolador. La anécdota nos acerca a un hombre que debe cuidar el faro de una isla sin ningún habitante, donde el mar divide dos océanos y la soledad amenaza con devorar demonios internos. Tom viene de los horrores de la guerra. Ha escapado apenas del ciclo de violencia y el peso de la sangre en sus manos le impide volver a encajar en sociedad. El aislado faro le permite enfrentarse a sí mismo, en un viaje de sanación donde la naturaleza es un crucial compañero. Con excelentes escenas de introspección y silencios, el protagonista se siente incapaz de volver a ver y sentir la fecundidad de la vida. Así conoce a Isabel y se casa con ella (con una rapidez asombrosa que solo puede explicarse bajo el contexto en que se desarrolla la historia), creando un paraíso donde los hijos parecen jamás venir, ya que Isabel comienza a tener trágicos abortos que perturbarán su estado mental.

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En esta parte del largometraje, el relato sigue manteniendo buen ritmo y una creación de personajes detallada, donde las personalidades de cada uno se desarrollan lentamente a la vista del espectador. El detalle del viejo piano arreglado por Tom para Isabel (quien tocaba cuando pequeña) es una muestra sutil de que la creación y la fecundidad va más allá del estereotipo de familia numerosa. Ambos personajes se enfrentan a una soledad aplastante en el faro y aunque los hijos no lleguen, por lo menos tienen el amor y la felicidad que se proporcionan mutuamente.

La historia comienza a llenarse de casualidades con la llegada del bote y de una bebé milagrosa que viene, cual Moisés, a regalarles días de júbilo pero también un futuro lleno de culpa. Porque Tom se entera de la historia de Hannah, una mujer que perdió a su esposo e hija en el mar y que cree fervientemente que su pequeña sigue viva por ahí. Y como esto es un melodrama, Tom se enreda en dilemas morales y éticos que lo llevan a entregar a su hija ya crecida, aunque ello implique que la niña no comprenda su nuevo hogar y diferente mamá.

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¿Qué constituye verdaderamente a una familia? Esa es la pregunta que Isabel parece jamás realizarse, ahogada por estrictas convenciones sociales que le imponen la labor de esposa y madre abnegada. Derek Cianfrance propone en La luz entre los océanos no solo la mirada del hombre ante la problemática de la paternidad y la obligada responsabilidad de ser líder familiar, sino también un vistazo a una maternidad más comunitaria que natural. Eso sí, las mujeres del relato parecen constantemente al borde del ataque de histeria (Isabel es la más tridimensional comparada a Hannah), perdiendo a la figura femenina que surge en la intimidad y después de los sollozos.

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Con un lujo de música por parte de Alexandre Desplat y unos encuadres y fotografía narrativos, llenos de vida, La luz entre los océanos se diluye en un metraje excesivo y un guión que se debilita al final del segundo acto. Rígida y conservadora, la película se sustenta en el talento de sus protagónicos y su habilidad para escapar de los clichés propios del género, gracias a sutiles gestos que se alejan de un diálogo empalagoso y lacrimógeno. Acá hay bastante llanto de parte de los personajes de la historia, pero poca emoción produce en el espectador. Ni hablar del final (innecesario y mal maquillado), que cierra un melodrama olvidable y de cartón.

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