Una pastelería en Tokio

Desde hace algunos años, la ficción cinematográfica parece haber perdido su creatividad e innovación. Entre remakes y adaptaciones, la magia del cine se reduce al aguante del croma, las butacas que se mueven y un 3D saturado. La directora Naomi Kawase rompe todo ello con una película que se convierte en una oda a la simpleza: con un enfoque cercano al documental (donde la cámara deja fluir el relato en grandes encuadres y hermosa fotografía), Una pastelería en Tokio demuestra que las historias mínimas, esos pequeños dramas comunes, impactan más que cualquier efecto especial. Registrando un Tokio sin pantallas luminosas, celulares ni tren bala, Kawase entrega un íntimo relato de vida, de conexiones humanas y, por sobre todo, de esperanza: cuando la ficción apela a las emociones por sobre el efectismo, surgen largometrajes necesarios y deslumbrantes como Una pastelería en Tokio.

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Sentarô (Masatoshi Nagase) tiene una pequeña pastelería en Tokio en la que sirve dorayakis, unos pastelillos rellenos de salsa de judías. Cuando una anciana, Tokue (Kirin Kiki), se ofrece a cubrir una vacante en la tienda, Sentarô descubrirá que la salsa de judías es un arte más complejo de lo que cree y que su relación con la anciana va mucho más allá de un puesto de comida callejera.

“He hablado con las judías, he escuchado su voz, he visto el camino que recorrieron antes de llegar a la tienda: el sol que las abrazó, el agua que las regó. He visto cómo crecieron y cómo ahora están acá. La cocina es el arte de escuchar”. Tokue es una mujer agradecida de la vida, de los renacimientos constantes que la componen, igual al del ciclo de los cerezos. Sin embargo, a pesar de su optimismo, poco ha podido disfrutar de vivir en libertad: luego de sufrir lepra cuando pequeña, ha estado recluida en cuarentena en una villa alejada de la ciudad. Su contacto con el exterior se reduce al sonido del viento, de los pájaros y de una exquisita receta de salsa de judías que es capaz de realizar aún cuando sus manos estén dañadas por la enfermedad.

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De eso se trata Una pastelería en Tokio: de la memoria, las alegrías y penas que nos constituyen y de los lazos que permiten complementarnos y cuyo poder puede vencer hasta la soledad de la muerte. Nuestra existencia es finita pero transformadora, capaz de dejar huella y volver a renacer en otros. El film apela a esos pequeños dramas que son tan importantes y comunes entre los seres humanos y cómo hay héroes, sin capa ni poderes, capaces de salvar la vida de otros.

Cuando la ficción parece agotarse, es bueno volver a la base y comenzar a relatar las batallas más comunes y a la vez relevantes del ser humano: el tono cercano al documental del largometraje de Kawase llena de veracidad a una historia contemplativa, detallista, donde los diálogos no cumplen una función meramente informativa, sino que más bien acercan al espectador a la intimidad de los personajes. Una pastelería en Tokio basa su encanto en la dirección de actores, con dos protagonistas que saben contener la emoción en miradas y pequeños gestos y una joven actriz (Kyara Uchida) cuya naturalidad hace de Wakana una escolar como otras, pero muy significativa para el espectador. Su historia es cruzada por una precisa analogía, ya que Wakana no puede quedarse con su ave, pues el edificio donde vive no acepta mascotas. Esta sensación de no pertenecer se traspasa a la figura materna, la cual es algo ausente y parece no comprender del todo los cambios que sufre su hija, quien está a las puertas de la adultez. Las tres generaciones parecen unirse bajo la receta de la pasta de judías y la percepción de ser alienados de la sociedad, hasta que Tokue les muestre que escuchar es la base para crear conexiones y encontrar un lugar en el mundo.

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Una pastelería en Tokio es una hermosa sinfonía a la vida y esos mínimos misterios y milagros que aparecen de vez en cuando. Es un film necesario, de esos que te acompañan por un tiempo y que se engrandecen con cada reflexión. Con una emoción que sobrecoge hacia el final, la película se hace cargo de los dramas de unos personajes que aparecen día a día en nuestra cotidianidad. El triunfo de Naomi Kawase es significativo: sin grandes artificios, demuestra que la magia del cine aún reside en la identificación, en ver una parte de nosotros inmortalizada en la pantalla grande. Nuestras obsesiones, virtudes y defectos poco necesitan del CGI. Y eso queda de manifiesto en el dulce viaje de autodescubrimiento de Tokue, Sentarô y Wakana.

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