Stranger Things: la nostalgia de una época dorada

Colaboración del amigo Wladimyr Valdivia (fundador del sitio El Otro Cine) para La Chasquilla Recomienda.

En la década de los 80, el cine de ciencia ficción, terror y aventuras tuvo un auge impensado de la mano de Steven Spielberg, John Carpenter, Robert Zemeckis y Joe Dante, entre tantos otros. Casi como un subgénero, se fue desarrollando un estilo que se asumió como el mejor escenario para contar historias fantásticas, donde lo sobrenatural y lo extraterrenal operaban como una máquina de hacer billetes y alcanzar éxitos mundiales, un triunfo consagrado que hasta el día de hoy lo reconocemos.

Close Encounters of the Third Kind (1977), ET, The Extra-Terrestrial (1982), Poltergeist (1982), Firestarter (1984), The Goonies (1985), Explorers (1985), Stand By Me (1986), los inspiradores relatos de Stephen King y otro variado set de títulos son los que evoca y son homenajeados –en algunos casos con escenas replicadas a la perfección- por Stranger Things, la serie de Netflix que ha cautivado al mundo entero este semestre, casi de manera obligada, sobre ese nuevo público masivo consumidor de series, que surgió gracias a la oferta de las plataformas de streaming.

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Niños como protagonistas donde la amistad supera cualquier barrera; pequeñas calles recorridas en bicicletas de un pueblo abrazado por un bosque misterioso; un Jefe de Policía local lleno de vicios, acompañado por otros policías siempre muy poco efectivos; una escuela que no olvida al grupo de perdedores, de populares, de matones y de mejores amigos sacrificados; contactos extra sensoriales y un misterio por resolver. Cuando veíamos estos elementos en las películas citadas anteriormente, lo entendíamos y sabíamos que no hacían nada más que reflejar en pantalla la realidad de dichas zonas rurales de los EEUU. Cuando nos encontramos con estos tópicos en una serie del año 2016, en donde hasta los sonidos eclécticos de las bandas sonoras de antaño y la tipografía retro de los títulos de los créditos son emulados, el homenaje es evidente y así lo reconocen los hermanos Matt y Ross Duffer, creadores de la serie. Es importante decir esto para entender que estamos frente a la adaptación no de una época, sino que DEL CINE DE UNA ÉPOCA gloriosa dentro del género fantástico.

La historia de la primera temporada se centra en la desaparición de Will (Noah Schnapp), un niño de 12 años, y la extraña aparición en el pueblo de Eleven (Millie Bobby Brown), una niña de similar edad que aparentemente fue sometida a peligrosos experimentos. En torno a ellos, las pistas sobre ambos sucesos y la conexión entre estos las empiezan a recolectar Mike (Finn Wolfhard), Dustin (Gaten Matarazoo) y Lucas (Caleb McLaughlin), los tres amigos de Will; Joyce (Winona Ryder) y Jonathan (Charlie Heaton), madre y hermano de Will respectivamente; el jefe de la policía Jim (David Harbour) y Nancy (Natalia Dyer), hermana de Mike.

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Es poco lo que se puede decir sobre la realización y el trabajo interpretativo en Stranger Things. El cuarteto de niños se roban la serie con personajes entrañables, donde destaca Millie Bobby Brown (Intruders) como Eleven, la gran revelación de la temporada. La mayoría de los hechos en la serie suceden por las decisiones de este grupo, movidos por la inocencia y el deseo de recuperar a su amigo, por lo que como espectador se nos hace mucho más fácil lograr una conexión rápida con la historia desde el primer episodio. Otro que destaca es David Harbour (Revolutionary Road) como Jim Hooper (el Jefe del Departamento de Policía), con un personaje íntimo muy bien logrado, que arrastra una fuerte carga emocional, que es precisamente lo que lo mueve a levantarse cada mañana y a encabezar la búsqueda. En tanto, si bien Winona Ryder (‘Girl, Interupted’) dota a la serie del factor dramático más humano, su papel no se aleja nunca del agobio y la desesperación, lo que le resta posibilidades de matizar a un personaje que podría entregarnos mucho más. Con ello, la ambientación de la época, la música incidental y el buen uso de cliffhangers completan una serie que intriga, entretiene, apasiona e incluso, nos saca más de alguna sonrisa. Y si bien la historia está contada respetando los momentos de cada personaje, insertándonos en el misterio de manera paulatina y siempre aprovechando todas las subtramas para potenciar el hilo argumental central de manera equilibrada, es el guión lo que puede resultar más débil para cierto tipo de espectador por lo reiterativo y su escaso riesgo. Sobre esto, argumento:

La serie genera reacciones encontradas, y estas dependerán exclusivamente de la relación que se tenga con las cintas y el cine que la serie rinde tributo. Y esto es fácil de entender, ya que para quienes crecimos viendo los cuentos mágicos dirigidos y producidos por Spielberg y la fábrica mágica de Amblin Entertainment, repitiéndonos una y otra vez a Los Goonies, viviendo los sueños de John Carpenter y disfrutando cada capítulo de The Dead Zone, Stranger Things no solamente nos traslada a la época, sino también replica de manera exacta cada uno de los elementos de todas estas cintas, repitiendo los estereotipos, los clímax, los personajes, volviéndola por consecuencia, innecesariamente predecible.

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El problema no es la gran adaptación, ni siquiera lo es el siempre útil cliché (que es parte esencial de este tipo de cintas), sino el excesivo uso de planos y secuencias ya vistas y de fácil reconocimiento. Aunque todo esto puede resultar un deleite absoluto para los más nostálgicos o para quienes no están familiarizados con este tipo de cine y están descubriendo en Stranger Things un método entrañable, también puede ser una reiteración que, como tal, no sea suficiente para quienes esperen algo más que un revival de colección muy bien imitado.

Tal como lo hiciera J. J. Abrams con Super 8 (2011) hace cinco años, Stranger Things está construida sobre bases maravillosas que fueron imaginadas, escritas, creadas y llevadas a la pantalla treinta años atrás, con tríos amorosos adolescentes muy necesarios que le robaban minutos dorados a la acción principal, con mejores amigos de infancia, con visitantes de otros mundos, con bicicletas y walkie talkies, con madres estrictas y policías ineptos, entre vías férreas y árboles que cantan por las noches junto al ladrido de los perros. Esta es una serie ejecutada con brillantez que entretiene; que nos regala un par de niños actores con un futuro incalculable en la pantalla grande; que aunque no entrega nada nuevo, divierte y conmueve; que recoge el encanto de cintas clásicas; y que nos recuerda a cada minuto que en los 80’ se hicieron las más grandes películas de aventuras y fantasía familiar. De usted depende si lo celebra junto a ella o le exige, para la segunda temporada ya confirmada, una pequeña cuota más de originalidad.

Lo bueno:

– Millie Bobby Brown y David Harbour .

– Todo el reparto juvenil.

– La adaptación de la época.

Lo malo:

– El exceso de guiños y escenas imitadas de películas de los ’80.

– El desaprovechamiento de Mathew Modine (como Martin Brenner, villano del relato).

– Algunas escenas y diálogos que no aportan nada a la historia.

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Wladimyr Valdivia

Ingeniero Civil de la UCN (Chile) de profesión, cinéfilo por convicción y promotor cultural por necesidad. Director, webmaster y comentarista de cine en El Otro Cine, colaborador en Revista Fauna y ex columnista de El Mercurio de Antofagasta. Jurado de Preselección y Jurado de la Crítica del Festival Internacional de Cine del Norte de Chile.

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