En primera plana

Hay historias que simplemente no pueden dejar a nadie indiferente, sobre todo aquellas que cuestionan los profundos cimientos que construyen nuestra sociedad. En enero del 2002, un grupo de periodistas del Boston Globe (de una división llamada Spotlight) publicó un reportaje sobre niños abusados sexualmente por sacerdotes de la ciudad de Boston. ¿Lo peor? Las autoridades eclesiásticas sabían de este hecho, por lo que pagaban el silencio de las víctimas y trasladaban a los sacerdotes acusados, quienes volvían a delinquir. En primera plana es un registro ficcionado de la investigación que destapó el horror que aparentemente todos conocían, pero que nadie se atrevía a hablar en voz alta. Con un excelente casting, el film de Tom McCarthy (Win Win, The Visitor) enaltece la profesión periodística y convierte en pequeños héroes a los responsables de revelar la verdad que la Iglesia tanto se empeña en ocultar.

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En primera plana narra la fascinante historia verdadera de la investigación del Boston Globe, ganadora del Premio Pulitzer, que sacudió a la ciudad y causó una crisis en una de las instituciones más antiguas y confiables del mundo. Cuando el tenaz equipo de reporteros “Spotlight” del periódico profundiza en las acusaciones de abusos dentro de la Iglesia Católica, su investigación de un año descubre varias décadas de encubrimiento de pederastia en los más altos niveles de las jerarquías religiosa, legal y gubernamental de Boston, desatando una ola de revelaciones alrededor del mundo.

Uno de los pilares que sostiene todo el largometraje es el excelente casting, quienes logran actuaciones redondas, funcionando muy bien como un equipo donde cada engranaje tiene su momento de protagonismo. Resaltan Stanley Tucci (como el abogado de las víctimas, Mitch Garabedian), Mark Ruffalo (Mike Rezendes, un periodista obsesionado con su trabajo) y Liev Schreiber (el editor responsable que la investigación se llevara a cabo). En primera plana nos recuerda ese periodismo de antaño, aquel donde la información se sacaba de recortes, entrevistas en la calle, donde no importaba la cantidad de clicks conseguidos con las noticias, sino solo informar de verdad a los lectores.

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El director acá hace un trabajo de joyería, no solo manejando a los actores en cámara, sino que también siendo consciente de los tiempos en montaje y cómo estos llevan a un final con un espectador comprometido con lo narrado. Es imposible no salir de la sala de cine más reflexivo, quizás porque el tratamiento dado al film se acerca mucho más a uno documental, sin siquera pensar en mostrar dramas personales de los periodistas para justificar más minutos en el metraje. Los actos cometidos por miembros de la Iglesia son tan atroces, que solo eso basta para que la historia remueva conciencias y deje una marca que perdura más allá de los créditos finales.

“Se necesita todo un pueblo para educar a un niño, pero también todo un pueblo para abusar de él”, dice Mitch Garabedian a Mike Rezendes, resumiendo a la perfección cómo la culpa no es solo de quienes cometen el crimen, sino que también de los que deciden hacer vista gorda e ignorar los hechos. En primera plana cuenta con un guión preciso, generoso con sus personajes, a los cuales sabe tanto enaltecer como humanizar. Tanto el tratamiento de la historia como la cámara es más bien lejano, objetivo, permitiendo conocer los hechos sin demasiados compromisos emocionales de por medio hacia los personajes. Lo que hace McCarthy es mostrarnos una metodología de trabajo, mostrando a la perfección el ambiente dentro de una sala de redacción. Esta visión más lejana hace que los relatos de las víctimas golpeen aún más fuerte, acercándonos a adultos vulnerables, con cicatrices que jamás podrán sanar.

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Aunque sé que las comparaciones son odiosas, En primera plana es totalmente lo opuesto a El Club (la impecable película chilena de Pablo Larraín), pero ambas logran su cometido al terminar su visionado. Aunque Larraín opta por contar la historia desde el punto de vista de los sacerdotes acusados y McCarthy desde la visión más objetiva de los datos, las dos son reflejos de que la impunidad no solo es culpa de la justicia, sino también de la desinformación. Porque obviar la verdad nos convierte en cómplices de una red donde sufren los más inocentes de nuestra sociedad: los niños.  6/7

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