Una buena receta

Agria y dulce, como la vida misma“. Esta la frase usada para promocionar lo nuevo de Bradley Cooper en la pantalla grande, Una buena receta, donde interpreta a un chef en busca de redención por los errores cometidos en el pasado. La película dirigida por John Wells (August: Osage County) contiene todos los clichés del viaje del héroe, pero se olvida de darles una nueva interpretación, con el fin de que los sucesos de la historia tengan sustento y trascendencia.

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La adicción ha llevado a Adam Jones (Bradley Cooper), chef de un importante restaurante en París, ha perder las dos estrellas de su premio Michelín. Caído en desgracia, se encuentra en una espiral donde todo lo que toca parece hundirse bajo sus pies. Decidido a no rendirse, coge a todo su equipo de cocina y se traslada al próspero Londres. Para superarse a sí mismo, deberá poner todo su esfuerzo y fuerza de voluntad tratando de conseguir su meta de una tercera estrella, para su nuevo proyecto.

Si se analiza en líneas generales el largometraje, Una buena receta logra entretener pero jamás comprometer al espectador con la historia. El guión es mezquino cuando se trata de darle tridimensionalidad al protagonista y más aún lo es el director en la puesta en escena, mostrándonos un Adam Jones cuyos logros solo se justifican en palabras y jamás en actos. Quizás lo más atractivo de esta historia de superación es el back-story, aquel pasado tormentoso que nos cuentan una y otra vez. “Nunca hay que subestimar a un hombre que no tiene nada que perder” dice otro slogan de sus afiches, dejando de manifiesto la primera sensación que se produce al terminar el visionado del film: que Adam Jones es un antihéroe cuyo crecimiento no crea la conexión necesaria, quizás porque nunca arriesgó algo, haciendo de su cruzada una muy larga pataleta de un adulto que se toma muy en serio la cocina, pero poco la vida personal.

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Bradley Cooper interpreta uno de esos personajes que parecen hechos a su medida, de hombres destrozados en el interior que compensan las falencias con mal carácter, un buen vestir y una que otra sacada de polera. En esta historia, se comienza planteando numerosos secundarios, pero ninguno llega a resaltar para crear un universo más rico en cuanto a personalidades. Si bien Adam Jones comenta que lo que busca es que sus cocineros sean como Los Siete Samuráis, los únicos que logran salir de la media son Tony (Daniel Brühl), el leal amigo, y Reece (Matthew Rhys), el rival en la cocina que dará una de las mejores escenas hacia el final del largometraje y cuya cocina es tan blanca que llega a ser transparente, en completo contraste con Jones.

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Una buena receta sabe seguir bien las estructuras, pero se derrumba cuando se trata de innovar y atreverse a más con el personaje principal. Es una película que brinda algunos buenos momentos, como la escena del pastel de cumpleaños, pero queda corta en pasar de la simple rabieta al drama humano que hay detrás de una caída. Con demasiada información y peso en los diálogos, Una buena receta se disfruta y se olvida con la misma intensidad.  4/7

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