Él me llamó Malala

Malala es una muchacha que lo único que desea es poder ser educada, asistir al colegio como haría cualquier chico de su edad alrededor del mundo. Sin embargo, los talibanes han coartado las libertades de los ciudadanos, hasta el punto de comenzar a bombardear escuelas durante la noche. Malala decide sacar la voz ante la injusticia, por lo que es atacada cuando estaba en el bus escolar. Un disparo en la cabeza la dejó al borde de la muerte, pero no le arrebató las ganas de seguir luchando por una pelea que cree necesaria.

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El documental no es un género que capte la atención de la masa; no obstante, Él me nombró Malala es un film hecho para grandes audiencias, que estremece y enternece en la misma medida. Si bien nos muestra las brutalidades que suceden a diario en Pakistán y el horrible atentado contra una chica de solo 15 años, el documental de Davis Guggenheim (Esperando a Superman, Una verdad incómoda) humaniza a Malala y nos muestra a su círculo más cercano, logrando conocer sus inquietudes y alegrías.

El largometraje habla sobre la importancia de la educación, el respeto por los derechos humanos y la igualdad de género. Malala es una niña que se crió en un entorno donde nada se calla, gracias a una potente figura paterna que siempre luchó por las injusticias. Además, su nombre tiene un gran significado, una carga que a su padre le pesa debido al atentado contra la vida de su hija. La mirada de Guggenheim nos enseña la cruzada de una Malala tímida, pero poderosa en su discurso, una joven como cualquier otra que no permite que sus derechos sean sobrepasados. Quizás la mayor virtud de este documental es fijar la atención en el padre, Ziauddin Yousafzai, un dedicado profesor que no puede evitar culparse por la bala que casi mata a su hija mayor.

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Aunque a veces los planos elegidos se contraponen con el mensaje dado (ya que en audio se nos presenta a una Malala muy humana, mientras que la imagen tiende a idealizar a la chica), Él me nombró Malala es un documental que cala hondo, que sabe bien de ritmo narrativo y precisión en el montaje. Además, ocupa todos los recursos a mano para contar hechos del pasado, recurriendo a una hermosa animación cuya técnica se acerca a una pintura que calma y horroriza al mismo tiempo.

Quizás lo más bello de este documental es como no solo se habla del derecho a las niñas a una educación igualitaria en el colegio, sino que también nos muestra la importancia de la educación recibida en casa. Malala no sería quien es sin el ejemplo de su padre, un hombre con el que tiene un gran vínculo y junto al cual ha levantado la voz contra el duro régimen talibán. Emotivo es el momento donde Ziauddin Yousafzai se cuestiona su rol en el intento de asesinato de Malala, recriminándose por no haberla detenido y exponerla siendo solo una niña.

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Él me nombró Malala nos muestra a una muy joven ícono de la paz en su faceta de hija, hermana, amiga y líder. Aunque el mensaje sea potente, quizás faltó adentrarse más en lo íntimo de Malala y los cambios que experimenta como adolescente, además del peso que significa convertirse en una líder de opinión a tan corta edad. Malala no odia a sus atacantes, pero secuelas (no solo físicas) deben haber quedado en ella. El documental nos narra muy bien el contexto de la lucha y la visión de una Malala sobreviviente, pero le faltó indagar más en los miedos de una muchacha que jamás podrá volver a su amada tierra natal.

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