El Principito

Si hay un clásico que jamás pasará de moda es El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Aunque muchas veces demasiado manoseada (ni hablar de la frase “lo esencial es invisible a los ojos”), acá hay una historia conmovedora e inmortal, que el director Mark Osborne (Kung Fu Panda) sabe llevar a la pantalla grande y exprimirle todo su potencial. El Principito es brutal de principio a fin, calando en lo más profundo del corazón de los pequeños y, sobre todo, de los espectadores más grandes.

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Una pequeña niña debe comenzar una nueva etapa escolar bajo la estricta mirada de su madre. Sin embargo, su perfecta rutina se ve interrumpida por un extravagante vecino, quien le cuenta la historia de un piloto, el cual choca en el desierto y conoce a un pequeño niño de un planeta distante.

La animación de El Principito es hermosa, sobre todo en los fragmentos realizados en Stop Motion. Es visualmente apabullante, una herramienta que saben usar muy bien para llegar a la emoción. Es una película de metraje preciso, con una historia principal muy bien llevada, que jamás se deja de lado por narrar la historia del niño y su viaje por planetas. La música también es una gran creadora de atmósfera, al igual que el valor de planos escogidos para narrar los momentos más importantes del film.

La historia de la niña es simplemente bella. Con un mensaje que llega al público adulto como una puñalada, la madre planifica la vida de su hija para que sea exitosa en la vida, tal como ella. No le deja tiempo para jugar ni hacer cosas propias de la niñez. Aunque esto no parece molestar en un principio a la niña, el conocer a su extraño y anciano vecino (con el alma de niño intacta) la hará cuestionarse cuán poco disfruta y sacrifica del presente por un futuro aún lejano e incierto.

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“Tú para mí, no eres más que un jovencito semejante a cien mil muchachitos. Además, no te necesito. Tampoco tú a mí. No soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. En cambio, si me domesticas… sentiremos necesidad uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo”.

El Principito toca la fibra sensible de principio a fin, con historias íntimas y llenas de significado. El pequeño niño se siente sofocado por la vanidad de su rosa, por lo que decide abandonar su hogar y viajar por distintos planetas, hasta quedar varado en el desierto. Lo mismo pasa con la niña protagonista, quien debe alejarse un poco de su madre para finalmente apreciar lo que tiene y luchar por lo que cree. Este es un largometraje que se centra en el amor más puro, en la amistad, el valor y en la tristeza de las despedidas.

Porque la vida también está ligada a la muerte, hay que aprender a decir adiós. Porque una vida que ha tocada a otra jamás desaparece, ya que perdura en el recuerdo de quienes amó. Si bien El Principito acerca difíciles temáticas a los niños de forma magistral (imposible no sentirse un poco identificados con la niña protagonista), es a los padres a quienes parecen dirigidos la mayor parte de los mensajes del film. Imposible no emocionarse hasta las lágrimas con el mágico viaje de la niña, un vuelo de liberación que la ayudará a comprenderse y ser comprendida por los otros.

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¿Cómo criamos a los más pequeños con el fin de que sean adultos exitosos? ¿Cuántos sueños y esperanzas les arrebatamos, acercándolos a una realidad fría y sin mucha imaginación? El Principito nos muestra cómo la educación crea un mismo producto en masa, rompiendo las individualidades y peculiaridades de cada pequeño. La niña protagonista no solo debe luchar contra las estrictas normas de su madre, sino también con los estándares de una sociedad que la quieren produciendo dentro de una ciudad gris, triste, una rutina de la que parece imposible escapar.

Hay que mirar el cielo, maravillarse con el fulgor de algo tan sencillo como una estrella, para darnos cuenta de que somos pequeños dentro de un universo lleno de posibilidades. Que no hay peor que reducir a los niños a un número o a un apellido en una larga lista, ya que hay que dejarlos correr y tropezar sin estar atados a estrictas normas sin sentido.

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El Principito es un imperdible que no defrauda ni a los más fanáticos del libro. Aunque se puede llegar a pensar que es solo una adaptación, este largometraje va más allá de la cáscara y nos sumerge en la aventura de una niña cualquiera, que comprende (junto a su madre) el verdadero significado de la domesticación y que lo importante no es la superficie de las cosas, sino lo que radica en su interior. Para llorar, limpiar el alma y salir de la sala de cine deseando ser más niño de vez en cuando, poder ver siempre la serpiente comiendo un elefante y no un simple sombrero. Una hermosa película animada para repetir y disfrutar en cada nuevo visionado.  7/7

7ojos

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