El gran pequeño

La verdadera altura no se miden de la cabeza al suelo, sino que de la cabeza al cielo“. 

Creo que existen películas capaces de limpiar el alma. Con ello, me refiero a esos films que generan emociones profundas, que hacen que el espectador se cuestione temas al salir de la sala de cine. El gran pequeño cuenta una anécdota simple, de un niño cualquiera cuyo único deseo es que su padre vuelva sano y salvo de la guerra; sin embargo, las casi dos horas de duración del metraje nos demuestran que la esperanza, fe y los sueños pueden permanecer intactos a pesar del dolor que significa la partida de un ser querido.

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El gran pequeño es la historia de un niño del que todo el pueblo se burla debido a su pequeña estatura. Sus compañeros lo molestan constantemente por un problema que parece no tener solución. En ese contexto, el niño se refugia en la figura paterna, quien lo acompaña en largas tardes de juegos, donde la imaginación tiene el rol principal. No obstante, su casi perfecta familia se derrumba cuando el hermano mayor es incapaz de enlistarse a la guerra por tener pie plano; debido a esto, es el padre quien deberá ir a enfrentar los combates en Asia, contra los japoneses, en el marco de la Segunda Guerra Mundial. 

Esta película se salva de quedar en el ingrato montón gracias a su propuesta visual y narrativa. Gran parte de su estética me recordó al largometraje El gran pez, sobre todo en el departamento de arte y en la decisión de tener un narrador en off que una todo el relato. En El gran pequeño se nos muestra un Estados Unidos perfecto, con esos pueblos llenos de colores y meticulosos peinados de peluquería. Esta decisión toma un completo sentido al darnos cuenta de que la narración está a cargo de un Little Boy más viejo, que enseña al espectador su íntima visión de los hechos. Acá hay un narrador protagonista que convierte a la cámara y la sala de cine en un testigo un poco intruso, muy similar a las situaciones que se viven cuando se cuentan anécdotas a partir de fotos familiares o filmaciones caseras.

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El gran pequeño es una película muy bien actuada, sobre todo por el joven protagonista (Jakob Salvati), quien con su carisma logra una empatía rápida con el espectador, sumergiéndolo en su ingenuidad para ver el mundo. Cómo no añorar ese entusiasmo y pureza al creer que él tiene el poder de mover montañas con su mente o que la fuerza que necesita para terminar la guerra radica en una pepita de mostaza. En esto mucho influye el personaje del Padre Oliver (Tom Wilkinson), quien le enseña al niño una lista que debe cumplir para que su fe sea más poderosa. Cabe mencionar el hilarante momento que ocurre en la oficina del clérigo, donde Little Boy enseña la pepa de mostaza y los sacerdotes le dicen que aquello es fantasía, a pesar de que el niño está rodeado de imágenes de la más pura fantasía que existe, como el Arca de Noé.

La cruzada por completar la lista nos introduce a un personaje que se convertirá en una especie de maestro para el protagonista: el señor Hashimoto (Cary-Hiroyuki Tagawa), un japonés que vive hace más de 40 años en Estados Unidos, pero que es discriminado por su origen debido a la guerra. El pueblo lo odia, viviendo la misma discriminación que Little Boy. A pesar de que al niño tampoco le simpatiza (lo asocia con los causantes de la desaparición de su padre), decidirá seguir la lista e intentar ser su amigo. De esta forma, se sumergirá en historias de una cultura donde prevalece el honor y donde cualquiera puede llegar a ser héroe.

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Es en este punto donde se encuentra el mayor fallo del largometraje ya que, al ser un film norteamericano, olvida un poco el sufrimiento y visión del personaje japonés sobre la guerra. Muy bien actuado por Tagawa, Hashimoto se convierte en un ser de cartón en el momento en que la bomba destroza dos ciudades de su país de origen, pues el director olvida su crucial reacción a la masacre. Acá solo importa el dolor estadounidense, como si fueran los únicos cuyas familias fueron destrozadas por pérdidas durante la Segunda Guerra Mundial.

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El gran pequeño es un largometraje cálido, que jamás subestima tanto al público infantil como al adulto. Llena de grandes momentos, es un film que nos acerca un poco más a ese niño interior que cree poder cambiar el mundo. Vaya a verla y salga de la sala pensando que cualquier cosa es posible. Su pepita de mostaza puede estar más cerca de lo cree.  6/7

6 ojo

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