Madame Bovary (2014)

En muchas ocasiones, revisitar clásicos de la literatura en el cine parece el paso más lógico cuando las ideas originales están escasas. Y no es solo por sequía creativa, sino porque hay historias que son tan fáciles situar en la actualidad, aún cuando transcurran en tiempos muy pasados, que su mensaje es adaptable a cualquier generación que la vea. Madame Bovary, la gran novela de Gustave Flaubert, nos habla de la lucha de una mujer contra sí misma y las costumbres que parecen asfixiarla. Sin embargo, la nueva adaptación a cargo de Sophie Barthes, se diluye por falta de pasión y por minimizar un conflicto tan íntimo y desgarrador hasta el punto de volverlo un capricho infantil.

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La historia se centra en la vida de la esposa de un doctor rural, Emma Bovary, quien tiene relaciones extramaritales y vive con más lujos de los que puede costear con tal de escapar de las banalidades y el vacío de su vida en una pequeña provincia de Francia.

Si hay algo que rescatar de esta nueva adaptación del clásico, es que está bellamente filmada. Aunque muchas veces el vestuario es llevado a un extremo donde parece un comercial de alta costura, los aspectos técnicos de Madame Bovary son los que logran salvar este film de la catástrofe. Muchos de los planos de este largometraje parecen hermosas obras pintadas. La fotografía y el montaje sumergen al espectador en un ritmo pausado, a veces contemplativo. La cámara es un elemento narrativo más: su tratamiento es más sucio, en mano, cuando el mundo de la protagonista se ve sacudido por las circunstancias, cuando grandes cambios aparecen en la vida de Emma; por otro lado, cuando ella se siente asfixiada, acorralada, los movimientos de cámara son pulcros, sobre un trípode, como si los límites del encuadre fueran una verdadera prisión.

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Mia Wasikowska da lo mejor que puede encarnando a una Emma que desde el guión es infantilizada, volviéndola superficial y lejana al espectador. En esto también ayuda que el rol de Leon Dupuis esté a cargo de Ezra Miller, un actor cuya apariencia es demasiado juvenil para atraer la lujuria de una mujer que lo único que desea es huir de su destino. Madame Bovary es el drama de una mujer atrapada por la convenciones sociales, por una educación que la moldeó para ser la ama de casa feliz, siempre sola durante el día e insatisfecha por las noches. Busca incesantemente vivir el cuento de hadas prometido, el que solo encuentra en brazos de amantes que le proporcionan el sueño del amor y la pasión por tiempo limitado. Ni siquiera los objetos lujosos logran llenar el vacío de una casa oscura, fría, con un bondadoso esposo que no es capaz de ver más allá de la belleza de su esposa.

Madame Bovary no trasciende ni busca hacerlo. Correcta, siempre hermosa en cada encuadre, la película se enreda en caprichos banales de diálogos tediosos y situaciones sin el peso adecuado; como la escena de la operación o la de la cacería, ambas unidas por esa muerte y violencia que parece tan lejana para la joven Emma.

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Con una escena que inquieta al inicio pero termina siendo indiferente al final, Madame Bovary se convierte en una adaptación ingenua, caprichosa, que se deja llevar por el deleite visual pero cuyo contenido flaquea constantemente a lo largo del metraje. Con actuaciones correctas pero sin ningún tipo de pasión ni desgarro por el drama que se plantea, el film de Barthes está destinada al olvido. Como simple entretención, cumple casi en el límite.

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