El Club

Si hace algunos años se decía que el cine chileno estaba en etapa de renacimiento, hoy se podría afirmar que estamos ante la época de oro de las historias audiovisuales de factura nacional. Sin embargo, el problema ya no radica en qué contamos y cómo lo hacemos, sino que en la actualidad el dilema es más complicado: cómo seducir al espectador para que compre una entrada para ver cine chileno y no los hitazos extranjeros que inundan las salas semana a semana. Ingrato es recordar la pequeña cantidad de espectadores que tuvo el año pasado la increíble Matar a un hombre y ese estudio que aseveraba que la producción audiovisual había aumentado considerablemente (lo que le da variedad al mercado), pero que los espectadores que consumían cine chileno había disminuido hasta cifras de años donde la cantidad de películas estrenadas había sido muy baja.

¿Por qué comenzar con esto? Simplemente porque El Club es una obra maestra de principio a fin que merece ser vista. Es de esas películas que dejan huella, que logra que uno se sienta orgulloso del cine nacional actual. Acá nada falla, todo es preciso desde la etapa de guión hasta la post producción. Y el casting es un lujo. Basta del prejuicio absurdo contra las películas chilenas, si solo basta ver El Club para saber que no hay que envidiarle nada al cine extranjero. Acá hay buenas historias y muy buenos narradores.

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El Club nos sitúa en una pequeña casa a la orilla de la playa, donde un grupo de sacerdotes se encuentra haciendo penitencia por graves pecados cometidos. Su rutina se ve interrumpida por la llegada del Padre García, quien viene con la resolución de investigar a los sacerdotes y cerrar la casa que los acoge de forma definitiva.

La película nos lleva inmediatamente a las sensaciones del lugar, gracias a la cámara y la dirección de fotografía. Acá hay un retrato preciso de un grupo de hombres soberbios, que de alguna u otra forma abusaron del poder que algún día se les dio a través de la Iglesia. Los planos son amplios, pero la atmósfera es asfixiante, incómoda. Las actuaciones son brillantes: Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell y José Soza están perfectos, totalmente medidos, interpretando a estos sacerdotes cuyo pasado los condena pero no los persigue. Si hasta pareciera que están de vacaciones en vez de estar viviendo el castigo de “penitencia” que impone la justicia católica.

Los sacerdotes entrenan un perro galgo para ganar en las carreras, animal que los une sin saberlo con el último pedazo de verdadera humanidad que les queda. Están acostumbrados a ganar. Es por esta razón, que la visita del padre García (un Marcelo Alonso en su máxima expresión) y la llegada de Sandokan (Roberto Farías demostrando una vez más su tremendo talento) los hace adentrarse en una carrera donde todo vale con el fin de quedarse con las comodidades y privilegios que gozan en la casa, aunque eso les cueste lo que les queda de alma.

El personaje de Sandokan es increíble, perturbador, el hijo bastardo de una iglesia que lo acogió para luego destruirlo y volver a abandonarlo. Para él no hay vuelta atrás, no hay consuelo, no hay justicia. Solo queda gritar, sacar la rabia a todo volumen, esperando así encontrar un poco de paz. El Club no es un panfleto o una película que busque la polémica, y eso se ve en el personaje de Sandokan: acá hay solo un espejo dejando de manifiesto lo peor de nosotros, de lo que podemos llegar a ser. De hecho, creo que uno de los puntos fuertes de este film es su profunda ironía al tratar un tema tan complejo como son los casos de abusos dentro de la iglesia (y cómo ésta se encarga de esconderlos para que no salgan a la luz pública).

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Qué bella y cuidada es la dirección de arte de esta película, al igual que la música y el montaje. Acá todo fluye creando armonía, cada pieza es de vital importancia para el resultado final. En El Club nada sobra y todo está hecho para narrar algo. Este es cine maduro, donde Pablo Larraín deja de manifiesto todas sus habilidades.

El Club es un imperdible de este año. Muy recomendable, es un viaje donde nos internamos en lo íntimo de seres salvajes, alienados, monstruos formados bajo la misma base de impunidad que ahora busca arrasarlos. En esta historia no hay castigo, no hay redención, ni mucho menos salvación. Es de esas películas que hacen que el espectador salga en silencio de la sala. Una obra maestra por donde se mire.

7 ojos

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Un comentario en “El Club

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