El Secreto de Adaline

Hay películas con muy malos trailers, que al final terminan ahuyentando al público en vez de incentivarlo a ir al cine. El Secreto de Adaline tiene un avance que mostraba un drama romántico lleno de escenas con el peor cliché. Sin embargo, el largometraje tiene una trama mucho mejor de las expectativas que generaba su promoción.

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Adaline es una joven viuda, madre de una hija. Camino a casa, Adaline sufre un accidente automovilístico que provoca unas consecuencias inesperadas y sorprendentes: desde aquel momento, Adaline no será capaz de envejecer ni un minuto más. Perseguida por el gobierno y con el temor de que la gente descubra su secreto, Adaline escapará de los lazos afectivos hasta que un nuevo amor le haga cuestionarse el coste de una larga vida de huida y soledad.

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Esta película podría llegar a ser del montón si no tuviera el toque fantástico como motor de su narrativa. Quizás la voz en off que explica con todo detalle la razón de por qué la protagonista no envejece está de más, ya que el espectador no necesita el origen científico del suceso sino más bien importa las consecuencias humanas que esto conlleva. Adaline se cuestiona sobre la muerte, el paso del tiempo y el término de los afectos. Se castiga a sí misma con dejar de amar, ya que le asusta la idea de perder a los seres queridos. Magnífica es la escena donde ella afronta la vejez de su perro, mascota que la ha acompañado por generaciones con su lealtad y cariño silencioso.

Y allí radica lo más bello de la historia: la transformación, el renacimiento que todo ser humano puede aspirar y realizar. Nadie muere realmente por completo, pues siempre quedará algo de ese ser en sus hijos, sobrinos, hasta amigos. De esta forma, Adaline deberá dejar atrás el luto y el miedo para volver a amar y, quizás con ello, volver a poner el reloj en marcha, esta vez al lado del hijo del hombre que años atrás abandonó.

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Debo advertir que El secreto de Adaline tiene varios de los peores clichés del cine romántico, pero su premisa es interesante entre tanto cine de entretención vacío y sin pretensión. Y ver a Harrison Ford en pantalla, aunque sea algunos minutos, siempre se agradece. Emocionante es la escena del brindis, donde Ford logra un conmovedor momento lleno de humanidad y fragilidad.

Con un final regular, El secreto de Adaline logra salvarse del hundimiento gracias a personajes cercanos, más sensibles que el resto de cartón que ofrece a veces la cartelera de cine. Esta película llegará seguro a todos aquellos que se cuestionan sobre el paso del tiempo y la duración de los afectos. Un largometraje romántico fantástico que vale la pena ver.

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