Whiplash

Pocas películas han logrado que yo termine su visionado completamente entusiasmada, casi tiritando debido a la imagen final del largometraje. Whiplash es un film que parece pequeño, pero que logra convertirse en un gigante gracias a unos tremendos personajes y unas escenas que logran cautivar cada uno de nuestros sentidos.

portada

Una joven promesa de la batería, Andrew Neiman, busca triunfar en el elitista Conservatorio de Música de la Costa Este. Terence Fletcher se convierte en su profesor, un hombre conocido tanto por su talento como por sus rigurosos métodos de enseñanza. Cuando Fletcher elige a Andrew para formar parte del conjunto musical que dirige, la vida del joven cambiará para siempre.

Whiplash es un torbellino de emociones de principio a fin, logrando que el espectador se deje arrasar por una historia intensa y magníficamente contada. Damien Chazelle logra crear una pieza que va más allá de la música y que se interna en los demonios más oscuros de la ambición y el perfeccionismo del ser humano. Acá hay un film que vibra y seduce los sentidos. El montaje es soberbio, rápido y logra crear una vorágine de imágenes que ya se lo querrían las películas de acción que produce en masa Hollywood.

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Miles Teller logra una actuación que muchas veces corta la respiración. Es imposible no sumergirnos en el viaje de este joven, que lo único que desea es tocar el mismo cielo de las grandes leyendas del jazz. Él es consciente de su talento y es por esta razón que quizás no cuestiona los métodos de enseñanza de Fletcher. Marcado por el fracaso de la carrera literaria de su padre, Andrew piensa que solo la sangre y el sudor lo salvarán del profundo hoyo del conformismo. Nadie entiende su temor, ni por qué es capaz de sacrificar todo en su vida, familiar y amorosa, con tal de tocar un perfecto solo de batería.

J. K. Simmons es un actor que siempre lo da todo en cada personaje. Pero acá logra tocar una fibra salvaje, primitiva, que logra repulsión y seducción de la misma manera. Fletcher empuja hasta el límite a sus estudiantes y no se arrepiente de ello. Él cree que la música es un lenguaje que se aprende con un esfuerzo máximo, dejando detrás un poco de humanidad en cada presentación. Hacerse uno con la melodía es el mayor goce que se puede obtener. Y si para ello hay que sangrar, es un dolor mínimo comparado con la recompensa que espera luego de una interpretación perfecta.

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Whiplash es un imperdible, un estreno que no se debe dejar pasar bajo ningún motivo. El final es hermoso, convirtiendo el escenario en un campo de batalla donde cada nota perfectamente ejecutada es una bala esquivada. Acá hay dos egos, dos titanes, enfrentándose despiadadamente por lograr un espacio entre los grandes del jazz. La vida acá se reduce a una presentación de algunos minutos, una ejecución apasionada, fuera de sí, más parecido a un momento divino que humano. Perfecta y hecha desde las entrañas, este film se alza como lo mejor que nos ha dado los Oscar 2015. Para disfrutarla y emocionarse con cada visionado.

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