Las hadas de Sebastián Silva: Crystal Fairy y el cactus mágico

La nueva película escrita y dirigida por Sebastián Silva (La nana, Gatos viejos) es rara. O eso es al menos lo que la cinta produjo en mí cuando terminé de verla: un profundo sentimiento de extrañeza. Quizás todo se deba a que sentí que Crystal Fairy y el cactus mágico no trataba de absolutamente nada. Que era una anécdota pequeña, demasiado insignificante para llevarla a la gran pantalla. Pero luego de darle algunas vueltas, me di cuenta de que el largometraje protagonizado por Michael Cera es mucho más de lo que aparenta.

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Jamie es un joven estadounidense que está de viaje por Chile. Insensible y despreocupado por todo lo que le rodea, decide irse junto a su amigo chileno y los hermanos de éste al Norte en busca del cactus San Pedro, con la determinación de vivir el viaje alucinógeno más importante de su vida. Con lo que no contaban es que Jamie (en una noche de borrachera) termine invitando también a Crystal Fairy, una excéntrica norteamericana de espíritu libre que le mostrará al grupo que no hay viaje más psicodélico que la vida misma.

Crystal Fairy y el cactus mágico nos muestra a un grupo de jóvenes veinteañeros que no tiene otra meta en la vida más que pasarlo bien. Son seres superficiales, abiertos a todo tipo de experiencias, pero incapaces de formar vínculos profundos con los que le rodean. Marcado por un fuerte egocentrismo, Jamie empuja a todos en la busca del legendario cactus alucinógeno, sin siquiera importarle si el resto de sus acompañantes han decidido viajar miles de kilómetros para drogarse o simplemente para encontrar un lugar donde hacer recuerdos y ser felices.

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El personaje de Crystal Fairy es por lejos el mejor construido de la película. Una mujer que vive el día a día sin tener nada que la ate ni la limite. Es totalmente libre. Pero lo que Jamie desconoce de ella (y es quizás por esta razón que él intenta tan desesperadamente librarse de ella durante la aventura) es que Crystal Fairy debió conocer el sufrimiento y la humillación para aceptarse y vivir esa libertad que tanto anhelan los otros. Y es por eso que ella insiste tanto frente a la fogata sobre contar los miedos; Crystal Fairy sabe que los lazos más duraderos se forman solo si se conoce el lado más oscuro del otro, el más vulnerable. Ella se desnuda frente al grupo no solo físicamente, sino que también espiritualmente. Y es ahí donde ocurre un mágico clímax, que no tiene nada que ver con beber del cactus por el que Jamie es capaz hasta de robar: la psicodelia verdadera no es más que la vida misma, con sus golpes y tropiezos; uno puede elegir cómo vivir ese viaje por lo desconocido y cuando terminarlo, para así dar comienzo al renacimiento.

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El largometraje nos habla sobre la identidad, el amor en todas sus manifestaciones y, por sobretodo, narra ese momento en donde uno se enfrenta a sí mismo y se acepta, dando el paso irremediable desde la juventud a la adultez. Porque nadie es niño para siempre y porque todos podemos ver pequeñas y hermosas hadas en los otros y transformar así lo que nos rodea. Crystal Fairy y el cactus mágico es un brebaje que todos deberían probar alguna vez, aunque sea para saber a qué sabe al final. Para mí, luego de darle muchas vueltas, la nueva película de Sebastián Silva me pareció un buen viaje. De sabor un poco agridulce, pero muy recomendable.

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