Walter Mitty y la vida secreta de un hombre reprimido

“La vida secreta de Walter Mitty” se estrenó por fin esta semana, precedida por grandes expectativas de los fans y críticas regulares en Estados Unidos. La cinta, dirigida y protagonizada por Ben Stiller, nos cuenta la historia de Walter Mitty, un hombre que trabaja revelando fotografías para la revista Life y que tiene una extraña costumbre: muchas veces se queda pegado imaginando lo que haría si fuera una persona más decidida y valiente. Cierto día, este mundo secreto de imaginación deberá traspasarse a la vida real cuando deba vivir grandes aventuras para encontrar una fotografía perdida.

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A mí la película, que está basada en el relato que escribió James Thurber en 1939 (y que ya fue adaptado a la gran pantalla en 1947), no me pareció tan mala como decían las críticas estadounidenses. Pero salí con una sensación muy rara de la sala de cine. “La vida secreta de Walter Mitty” se encuentra en un limbo cinematográfico muy extraño: es un largometraje que podría haber sido muy bueno… o muy malo. Pero se queda ahí, sin lograr encajar en ninguna de las dos categorías. Algo le falta. Y es aquí donde intento dilucidar ese ‘algo’ que tanto me molestó al terminar la película.

El film tiene un perfecto comienzo, con una deslumbrante secuencia de créditos muy al tono de todo el largometraje. El medio de la película comienza a satisfacer promesas del inicio, pero empieza a fallar en su ritmo, quizás porque ya las situaciones no sorprenden como antes. Y el final no es para nada satisfactorio. Un poco predecible y tratado de una manera muy de comedia romántica simplona (cosa que no es la película), sobretodo en el plano final y su fundido a créditos (cabe destacar que los créditos finales también me parecen grandiosos y muy cuidados).

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Quizás ese ‘algo’ también tenga que ver con Ben Stiller. Su actuación no me convence, no hace que me comprometa con la historia. Y aquí es muy probable que sea un gusto personal de actuación que este intérprete nunca ha logrado satisfacer cuando no se trata de comedia. Para sufrir con Walter Mitty necesitamos verlo en otras facetas, pero Ben Stiller nos presenta un personaje que siempre se ve insatisfecho, infeliz, con esa cara impávida que Stiller parece creer que es el tono adecuado para el drama. Yo creo que aquí radica el mayor problema del film: yo no logré comprometerme con el destino del protagonista, así que hacia el final del largometraje no me importó demasiado si conseguía el amor de la chica o si lograba encontrar la fotografía.

Pero “La vida secreta de Walter Mitty” también tiene cosas que, simplemente, me encantaron. Una de ellas fue su banda sonora, compuesta por Theodore Shapiro e intervenida en 12 de los temas por el cantautor sueco José González. Es una música muy pensada para el film, que logra crear la atmósfera necesaria de sueño y que acompaña a Mitty en su gran aventura de una forma hermosa y perfecta.

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Otro de sus puntos fuertes es para mí el personaje de Sean O’Connell, interpretado por Sean Penn. El fotógrafo creador del negativo faltante se vuelve una muy cuidada representación del conflicto que Walter Mitty tiene con su padre muerto. La escena de Sean O’Connell es realmente sublime, tanto en guión como en la perfecta actuación del siempre sorprendente Sean Penn. Todos sabemos que aceptar la muerte de un ser querido es difícil, aún más si se trata del padre. Enfrentar ese dolor, vencerlo y luego dejar ir a ese tan preciado ser querido es una de las grandes batallas que Walter Mitty debe luchar. Y nada mejor que demostrar este conflicto con un soberbio Sean Penn y un objeto que tiene una gran importancia desde el inicio del film: un piano.

Los momentos cómicos de la película sacan varias carcajadas de los espectadores. Excelentemente logrados, sobretodo por las reacciones que Mitty tiene en su imaginación… la imitación de “El curioso caso de Benjamin Button” es uno de mis momentos favoritos de todo el largometraje cuando se trata de comedia.

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“La vida secreta de Walter Mitty” es una excelente película para el fin de semana; sin embargo, es una lástima que con tan buen material Ben Stiller haya logrado un film tan poco trascendente. Pero vale la pena verla, quizás por el estado de ensoñación con el que uno sale después de terminado el largometraje. Porque todos tenemos un Walter Mitty dentro, un ser reprimido que sueña con ser libre, que sueña con ser otra persona, la que realmente debería ser. Y para eso, solo hace falta coraje, tal como lo hace el protagonista de esta historia: a veces solo es necesario salir de la zona de confort para descubrir al gran aventurero inconformista que duerme en nuestro interior. Porque claro, los sueños pueden hacerse realidad si uno realmente lo desea.

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