El juego de Ender y la batalla de los niños

Cómo no comenzar esta columna con la frase que da inicio a la película: “Cuando conozco a mi enemigo lo suficientemente bien como para derrotarle, le quiero. Y entonces, cuando le quiero, le destruyo”.

“El juego de Ender” es la adaptación del primer libro de la exitosa Saga de Ender, creada en 1985 por Orson Scott Card y que obtuvo dos de los premios más prestigiosos de la ciencia ficción, como son el Premio Hugo y Premio Nébula a la mejor novela. La historia gira en torno de Andrew “Ender” Wiggin, quien es reclutado a la edad de seis años para ser adiestrado en la Escuela de Batalla, una estación espacial donde niños superdotados son entrenados desde pequeños para dirigir la próxima guerra. ¿El contexto de esta famosa saga? La Humanidad enfrenta la amenaza del exterminio debido a una raza alienígena conocida como los Insectores (debido a su parecido con las hormigas), quienes ya atacaron en el pasado a la Tierra, dejando millones de bajas.

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La tarea de llevar a la gran pantalla esta historia parecía titánica, casi tanto como lo fue años atrás la misión de sacar adelante la adaptación de “El señor de los Anillos”. ¿La razón? La complejidad del universo narrado, sumado a toda la información que narra el libro y que debe ser comprimida en una película de dos horas de duración.

Debo confesar que yo desconocía todo lo relacionado a “El juego de Ender”. Quizás es por esta razón que yo disfruté tanto el film, pues no tenía ningún punto de comparación para saber cuánta información me estaba dando el film y cuánta estaba omitiendo.

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Ender es un niño, pero fue criado para la crueldad de la guerra. Es un soldado, un número más cuando se trata de sacrificar. Las cavilaciones del protagonista sobre la violencia y la ética son el núcleo central de la película. ¿Qué sucede cuando la guerra, la destrucción, se vuelve nada más que un juego? Las consecuencias de las atrocidades cometidas se justifican bajo un libro de reglas antojadizo, donde siempre se gana bajo cualquier costo. “Todos son tus enemigos”, le dice el coronel Graff (interpretado por Harrison Ford) a Ender, privándole hasta del hecho de formar lazos afectivos, convirtiendo al niño más en una máquina que en un ser humano.

La historia me parece fascinante (sobretodo si es amante del género), por lo que captó mi atención la hora cuarenta que dura la película. ¿Lo malo? Radica exactamente en la duración del metraje: para mí el film es demasiado corto para presentar como se debe un mundo que tiene su propia estructura. No es que el espectador sienta que falta información, sino que más bien la excesiva compresión se nota hacia el final de la película, donde el hecho más importante termina dando un poco lo mismo. Y en ese momento cúlmine, la indiferencia se vuelve un pecado capital. Hasta la actuación de los protagonistas se resiente.

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El casting está compuesto por grandes nombres de Hollywood, incluyendo a Harrison Ford y Viola Davis. Ben Kingsley tiene una corta aparición, pero su actuación es una las mejores y más memorables. Asa Butterfield (el ya adolescente protagonista de Hugo) comienza a consolidarse, aunque hay momentos en que sentí que su actuación flaqueaba, no por falta de talento, sino más bien por la premura del guión.

“El juego de Ender”, si bien no es una obra maestra, es una película altamente recomendable para entretenerse el fin de semana. Yo por lo menos quedé muy intrigada con lo que sigue en la historia y no puedo esperar hasta el próximo film. Así que, con lo que a mí respecta… a leer se ha dicho.

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